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miércoles, 8 de marzo de 2023

XIII. Carta del cabildo de Valencia al de Tarragona, 1565

XIII. 

Carta del cabildo de Valencia al de Tarragona pidiendo informe de lo que se debía hacer en el concilio provincial convocado por su Arzobispo D. Martín de Ayala, año 1565. (Vid. pág. 26.)

Copiada del original en el archivo de la S. M. I. de Tarragona.

Illes. y molt Rts. Señors.

Lo Illm. Señor Arquebisbe nostre Prelat Insegint los decrets del Sacro Concili Tridentiy per lo be universal de tota sa metropoli, ha delliberat celebrar Concili provincial en esta Santa Iglesia mayor de Valencia, y per son edits aseñalat lo dia del benaventurat Sant Lluch primer vinent pera principiar dit Concili, y com sia negoci de gran calitat, y que en nostre temps no haiam vist altre, ni en nostres archius sen troba vestigi per lo qual nos puguessem guiar; Ab lo desitg que tenim questos negocis se facen ab lo cumplimen ques rao, y ab descarrech dest capitol, y ab tota igualtat de les persones que yan dentrevenir, de tal manera que nostre Señor Deu ne reste servit, conforme ala intencio de nostre Prelat, y nostra, que tots tenim un fi; Recordannos que esta Iglesia antigament era sufraganea a exa Santa Iglesia de Tarragona, de la qual tenim moltes coses principals, y dignes de memoria, nos ha paregut escriure la present a Vs. ms., y supplicarlos nos façen merce en volernos trametre ab la promtitut que est negoci requereix tot lo orde, y descurs que sea tengut en exa Santa Iglesia en el ultim sinodo provincial (leo provinvial) que en ella sea celebrat; Axi en lo modo de la convocacio, com en les persones convocades, y precedencies de aquelles, y finalment nos fará saber lo discurs de dit Concili en tot lo que se nos podra notificar, y com estigam molt confiats se nos fara tota merce com servirém nosaltres a Vs. ms. en quan nos voldra manar. No dire mes de que nostre Señor les Illes. y molt Rts. persones de Vs. ms. guarde, y estat aumente com per aquells desitjat. De Valencia a 25 de agost de 1565. = De Vs. ms. molt certs servidors, que ses mans besen. = Los Canonges y Capitol de la Seu de Valencia. = De manament dels molts Ills. Srs. Canonges y Capitol. = 

Jo. Alamany nots. y scrs.

jueves, 9 de junio de 2022

CARTA XXX. Fabuloso entierro de las lápidas romanas en Valencia a principios del siglo XVI.

CARTA XXX. 

Fabuloso entierro de las lápidas romanas en Valencia a principios del siglo XVI.

Mi querido hermano: Cumpliendo con lo prometido en la carta anterior, voy a contarte la conversación que tuve con el amigo, volviendo de Portaceli a Valencia, sobre las inscripciones romanas de esta ciudad. Para evitar repeticiones de dijo y dije, señalaré las palabras suyas con la letra N, y las mías con la A.

N. Y ¿qué diremos de las innumerables inscripciones que han perecido, las cuales, conservadas, ilustrarían la historia antigua, y honrarían este país, que tanto codiciaron los romanos?

A. Es cierto que hubo un tiempo (1) de ira en la antigüedad en que se desfiguraban las inscripciones, al cual sucedió después otro tiempo de ignorancia en que el pueblo, con dolor de los sabios (2), no conociendo el precio de estas reliquias de la antigüedad, las destruía de todo punto, o las enterraba en los cimientos de los edificios

N. ¿El pueblo dice V.? los magistrados, la gente sabia, si es que merecían este nombre, fueron en algún tiempo autores de este daño. ¿No sabe V. lo que aquí mismo aconteció a principios del siglo XVI? ¿que por consejo, y a instancias del valenciano Juan Celaya, doctor parisiense, mandaron los jurados que se enterrasen en los cimientos del puente que llaman de serranos todas las lápidas romanas que entonces había en esta ciudad, temerosos de que la afición con que eran miradas por algunos degenerase en gentilismo?

¿que por consejo, y a instancias del valenciano Juan Celaya, doctor parisiense, mandaron los jurados que se enterrasen en los cimientos del puente que llaman de serranos todas las lápidas romanas que entonces había en esta ciudad, temerosos de que la afición con que eran miradas por algunos degenerase en gentilismo?

A. Bien sé que eso se ha dicho, pero también sé que son hablillas y fábulas despreciables. Ni en la ilustración de aquel siglo pudo caber tanta barbarie, que de los nombres de los dioses esculpidos en piedras muertas, temiese el magistrado la restauración del gentilismo. Yo creo que esta es fábula.

N. Esa es conjetura muy débil; no basta para tener por fábula una opinión autorizada con el testimonio de tantos escritores. 

A. ¿Qué escritores?

N. ¿Pues ignora V. que aseguran este hecho Escolano (lib. IV. c. 12.), Nicolás Antonio (Bibl. nov. t. I. p. 593), Rodríguez (Bibl. valent. p. 251.), Ximeno (Bibl. scrip. valent. tom. I. p. 107.), Mayans (Epístola XXIII.), Ortí y Sales en su Turiae marmor. (p. 42.), casi todos valencianos, es decir, interesados en quitar a su patria, si posible fuera, este borrón?

A. ¡Gran nube de testigos! pero comencemos suponiendo que la autoridad de todos ellos no pesa más que la de uno solo. Todos citan a Escolano, y se refieren a él en este hecho, con cuya noticia enriqueció el primero de todos la historia de este reino. De suerte que la autoridad de Escolano es la única que debe examinarse en esta materia; y si ella fuere de ningún peso en este punto, como yo creo que lo es, ya ve V. lo que quedará de los otros escritores. 

N. Desearía que fuese así; mas no alcanzo por donde pueda minarse la autoridad de Escolano, que tan decididamente habla en esta materia (a).

(a) Las palabras de Escolano son estas: “ A nuestro gran filósofo Núñez... le oímos muchas veces confesar que algunas de las piedras de Valencia, le habían alumbrado y servido de faraute para penetrar algunos lugares incógnitos de Plinio y de Suetonio Tranquilo. Pero lloraba sobre ellas la sencilla piedad de un gran teólogo parisiense de nuestra nación, llamado el maestro Juan Salaya, que viendo hacer a los curiosos tanta estima de estas piedras romanas, se le antojó que volvía por aquel camino a retoñecer la gentilidad, y el adorar estatuas y dioses de piedra; y para quitarlas que no sirviesen de tropiezo, requirió a los regidores de la ciudad que las mandasen recoger; y pues abrían las zanjas para los cimientos de la puente de los Serranos (que sería por el año de mil quinientos y diez y ocho) las enterrasen en ellas. Pesó más su autoridad que las piedras; y quedaron desde entonces infinitas sepultadas con notable agravio de la antigüedad.” (Hist. de Valencia lib. IV. cap. 12.)

A. Pues yo tengo a mano argumentos para contrarrestarla; de los cuales diría algunos, si no temiera molestar a V. 

N. Todo lo contrario; yo deseo saber la verdad, y poderla apoyar con argumentos sólidos y bien apurados.

A. Está bien; lo primero que salta a los ojos es el silencio de todos los documentos coetáneos al supuesto entierro de las piedras. Un hecho tan ruidoso como es desencajar infinitas piedras, asentadas ya muy de antiguo en las paredes y lugares públicos de la ciudad; ejecutado a instancias de un hombre tan célebre como Celaya; siendo verosímil que precediesen muchos debates, y resistencia por parte de los aficionados a este estudio, que los había allí, como dice Escolano: un hecho digo de esta naturaleza no podía dejar de quedar escrito en los manuales, donde se notaban con extensión las deliberaciones del Consejo general. Mas yo he registrado con gran prolijidad los libros de aquellos tiempos que se conservan íntegros, y ni rastro siquiera se halla de tal cosa, aun donde tratan de la ruina del puente y de los medios para repararle.

N. Argumento negativo es, pero de mucho peso.

A. Es más de lo que parece; aquí hay que considerar que el rey D. Jayme I de Aragón estableció por fuero que Valencia fuese en todo gobernada por los jurados, con el parecer y deliberación de los prohombres; de suerte que sin su consentimiento y aprobación no se quitó jamás ni alteró cosa alguna de los edificios públicos. Los manuales desde el año 1306 hasta el presente están llenos de licencias, mandatos &c. con que el magistrado autorizaba en esta parte hasta las más ligeras alteraciones. Es esto tanta verdad, que habiendo el obispo D. Hugo de Fenollet alcanzado permiso del rey D. Pedro el IV de Aragón para construir a sus expensas un pasadizo desde su palacio a la catedral, para servirse de él en tiempo de lluvias y vientos; a pesar de la licencia real, de la dignidad de la persona y del justo motivo de la pretensión, se resistió el Consejo general a dar su permiso, hasta que al cabo de mucho tiempo, vino en ello por respeto a las personas que mediaron. Otro hecho diré todavía más convincente. En el año 1339 Fr. Jayme Just, administrador del hospital de los Beguines, fabricó en él un soportal, cerrándole con verjas de madera, sin preceder licencia del Consejo general: resistióse este de ello,  en el que se celebró en 27 de junio del mismo año, la mayor parte de los vocales fueron de parecer que se derribase lo fabricado. Mas en consideración al gasto hecho, y a que el fin del administrador fue dar algún desahogo y alivio a los enfermes (per tal que los malalts del dit espital de día pusquessen aver aqui algun refrigeri;) se contentaron con apercibirle y mandarle suspender la obra, y que en caso de ruina no la reedificase. Tan celosos eran de su autoridad los jurados, y tan puntuales los escribanos de sala en dejar escritas las deliberaciones y circunstancias de cosas tan menudas. ¿Cómo era posible que se omitiese estotro (este otro) hecho de tanta conseqüencia (consecuencia)?

N. Verdaderamente hace fuerza esta razón; y más que en el tal negocio, como V. dijo, no habría sólo pedir Celaya, y consentir los jurados; sino que los estudiosos de la antigüedad, viendo que iban a quedar privados de aquellas memorias, y la ciudad afeada con este borrón, precisamente debieron representar, o insinuarse por medio de los prohombres, para que el Consejo general no consintiese en ello. Y así el no hallarse nada escrito, da que sospechar, a no ser que por algún incidente que ignoramos, no se escribiesen estas memorias.

A. Sea así enhorabuena; no quiero empeñarme en ello. Mas agregue V. a estas conjeturas el silencio de Pedro Antón Beuter, que vivió hasta la mitad del siglo XVI, y debió hallarse presente al supuesto entierro de las piedras siendo ya entrado en edad. Y cierto que se le ofreció más de una ocasión para decirlo, y para quejarse de ello, si tal hubiera, siendo como lo fue, muy dado al estudio de estas antiguallas. Mas lejos de hallarse en sus escritos memoria de tal cosa, por lo contrario celebra y como que se regala, acordando las muchas piedras que quedaron de los romanos. En la dedicatoria de la crónica castellana decía a los jurados: "Muchos años ha, magníficos señores, que a petición de los que entonces tenían el regimiento de la ciudad, entendí en compilar un libro de las antigüedades, que en este reyno acaecieron, por buenos y justos respetos. Y como buscando con grandísimo trabajo este propósito en los antiguos escritores, y reconociendo las piedras escritas que de aquellos tiempos quedan aún por memoria &c." Esto es de Beuter.

N. Buena ocasión por cierto para quejarse de un hecho que le privaba de tantos auxilios, que le vinieran muy bien para el desempeño de su encargo.

A. Pues aún es mas notable lo que dice en la dedicatoria de la parte II de la misma crónica: "Sabemos que los romanos no conquistaron el mundo, sin que el español anduviese entre ellos. Quédannos los montones de piedras, memoriales de los  excelentes españoles que fueron en aquel tiempo, con que labramos nuestras casas, empalagados de dar razón de estas cosas a los extranjeros que nos la piden." Aquí se ve que veinte o treinta años después del supuesto entierro había montones de piedras en Valencia, cuyos moradores se gloriaban de mostrarlas y dar razón de ellas a los extranjeros. 

N. Vea V. como retoñecía el gentilismo. 

A. Sí, y son tantas las piedras que el mismo Beuter copió y explicó en sus libros, y las que hacinan Escolano, Diago y otros, que no sé qué decirme de la supuesta proscripción. Porque si esta se hizo por un motivo tan piadoso cual es evitar el peligro de la idolatría, ninguna inscripción gentílica debía quedar exceptuada. Y la primera que para dar exemplo debió haber sufrido el anatema, es la que ya entonces se hallaba en la esquina de la casa de ayuntamiento, copiada por Escolano, col. 787. Y siendo una prohibición religiosa, debieran ante todas cosas haber requerido al arzobispo o cabildo, para que fuese el primero en quitar y enterrar las inscripciones que había en la iglesia catedral. Mas no fue así; antes consta que estas permanecieron en su lugar hasta los tiempos de D. Fr. Isidoro Aliaga, el cual (como dice Vicente del Olmo en su Litología cap. 7.) "mandó picar y borrar las piedras que estaban en la iglesia mayor. Y aunque no se podía recelar riesgo alguno de renovarse en ellas el culto que en tiempo de los romanos tuvieron; pero juzgó por indecente que inscripciones tan profanas ocupasen lugar tan sagrado y eminente, dejando las demás que vemos en otros lugares públicos." 

N. Este si que es verdadero entierro de piedras antiguas; pero acaso estarían tan encajadas en el edificio, que para quitarlas de allí no quedaría más arbitrio que borrarlas. 

A. Así parece; quiso además este prelado cumplir con lo prevenido en el concilio provincial del señor Ayala de 1565. sess. IV. cap. 7. que tiene este título: Quae sapiunt gentilitios ritus è templis removenda: y no hay más. 

N. En resolución, lejos de haber desaparecido las infinitas piedras romanas, se va desvaneciendo la calumnia con que hasta aquí se había desdorado el nombre de Juan de Celaya. 

A. Yo por tal tengo el dicho de Escolano. Era Celaya hombre de mucho saber, y de gran crédito y autoridad en Francia; muy querido del Emperador Carlos V y de su corte; tratado con mucha distinción por los jurados de Valencia, los cuales con el deseo de que se quedase en ella, suprimieron para dotarle bien, siete cátedras de la universidad; hiciéronle su rector perpetuo, con otras mil honras, que acaso despertaron la envidia de alguno para zurcir (urdir) esta novela, y achacarle un hecho incompatible con todas estas circunstancias. 

N. ¿Pues qué Celaya era de Valencia?

A. Sí señor: y dejó su patria muy mozo para ir a París, en cuya universidad se hallaba ya graduado de doctor el año 1494, cuando admitió por criado al célebre Juan Martínez Siliceo, que después fue cardenal arzobispo de Toledo. 

N. A fe que tengo yo copia de los cincuenta y tres cargos que hizo a este cardenal el capítulo toledano, y la respuesta también y satisfacción que dio aquel prelado a cada uno de ellos: buenos documentos para la historia de aquel tiempo, y señaladamente de la iglesia de Toledo.

A. Pues Celaya, después de haber enseñado en aquella universidad, sirvió el oficio de vicario general en diferentes obispados de Francia; fue llamado a la corte del emperador, de quien recibió algunas cartas y otras muestras de estimación, como él mismo lo confiesa en la dedicatoria del tom. 2. de los Sentenciarios: "Pro tuam (dice) caesaream majestate et regiam munificentiam non mediocribus ornamentis me decorasti: quod ad sacram tuam aulam vocaveris, et postea per litteras rectam tuam in me benignitatem significaveris." 

N. Muy en la memoria tiene V. todas estas menudencias.

A. No ha mucho tiempo que estudié con cuidado este punto en las Observaciones a las antigüedades de Valencia, que dejó escritas el P. Fr. Josef Texidor, de mi orden, las cuales se conservan en nuestro convento; de él son casi todas las reflexiones que llevo hechas, y muchas de las que quedan por hacer. Pero volviendo a nuestro asunto, ¿le parece a V. verosímil que un hombre tan acreditado como Celaya, olvidando lo que había aprendido en París, y desentendiéndose de su propia honra, persuadiese una cosa tan bárbara, que ni siquiera soñaron sus mayores, aun en siglos menos ilustrados?

N. No es regular; pero como la piedad teme justamente en ciertos lances el abuso que nace de la falta de ilustración, no sería extraño que Celaya recelase en su patria sobre esto daños que no se habían temido hasta entonces. 

A. Bien pudo ser así; pero ¿y si constase que no estaba aquí Celaya al tiempo del supuesto entierro de las piedras?

N. O! si eso se pudiera probar....

A. Pues oiga V.: el mismo Escolano fija la época de ese entierro en el año 1518, y debió de ser muy en sus principios, y acaso a fines del antecedente; porque la avenida del río, que derribó la puente de serranos, fue a 26 de Septiembre de 1517; y en Noviembre del mismo año ya se trataba de reedificarle. Luego si fuera cierto que en todo el año 1517, ni en el siguiente, no había aún venido Celaya a Valencia, quedaría vindicado su honor. Pues a mi parecer esto se infiere de lo que él mismo dice en el tom. 1.° de los Sentenciarios, hablando con su mecenas D. Miguel Cavanilles, gobernador de Valencia: "Animus (le dice) verè tibi devinctissimus est pro tuis erga me vel maximis meritis, quibus me et Parrhisiis olim prosecutus es, cum honorificentissimam apud Galliarum principem legationem catholici regis nomine obiisti." Esta embajada de Cavanilles en Francia, o fue con ocasión de la paz que Carlos V y Francisco I concertaron en Noyon en 1516, y se ratificó el año siguiente; o acaso duró lo que duró esa paz hasta los años 1520, en que Francisco I, privado de la corona de Alemania a que aspiraba, declaró abiertamente el enojo con que miraba a su competidor. De todos modos Celaya estuvo muy de asiento en París, por lo menos todo el año 1517. Por otra parte consta casi con evidencia que permaneció en Francia hasta muy cerca del año 1525, en el cual los jurados de Valencia escribieron al emperador Carlos V, hablando de la venida de Celaya a esta ciudad como de una cosa reciente. Ha de ver V. esta carta cuando lleguemos a Valencia, porque es el panegírico más cumplido de la ilustración de este doctor, y del aprecio con que le trataron (a: V. apénd. V). En suma dicen los jurados que había venido a ver a su madre y deudos, y que era llamado a la corte del emperador, al cual muestran el más vivo deseo de que este docto varón se quedase para siempre en su patria; porque de él esperaban la reforma de los estudios, y grande adelantamiento en la reciente universidad. Mas como no podían proporcionarle honorario que igualase al que disfrutaba en Francia, donde tenía una dignidad que le redituaba setecientos ducados, y era además vicario general de diez diócesis, de todo lo cual juntaba cada año más de mil ducados; por tanto suplicaban al emperador le diese el canonicato que su majestad tenía en esta catedral, de cuyas rentas nada percibía sino cuando estaba en esta ciudad, y juntamente le mandase no volver más a Francia. No sabemos si efectivamente se le dio esa prebenda; pero consta que permaneció desde entonces aquí, y que le nombraron rector perpetuo de la universidad, contra lo que en sus recientes estatutos estaba mandado, que fuese este oficio trienal. De suerte que sobre no caber en un hombre tan erudito el absurdo que se le imputa, es claro que estando recién venido de Francia en el año 1525, no podía aconsejar ni persuadir lo que se supone hecho siete años antes. 

N. Acaso dirán que los jurados dilataron todo este tiempo el hacer esta gestión.

A. No cabe eso; pues por estos años buscaban los jurados para su universidad doctores de gran fama, y los convidaban con decentes honorarios. Así en 1521 instaron al P. Fr. Juan de Salamanca, de mi orden, que se hallaba en la corte del emperador, para que viniese a regentar una cátedra de teología. He visto la carta que le escribieron en el tomo 41 de las de esta ciudad en su archivo. Portándose así los jurados con un forastero, ¿se hace creíble que dilatasen siete años la misma solicitud, respecto de un hijo de esta ciudad, tan estimado y respetado por ella, que sólo su dicho la movió, como suponen, a enterrar los monumentos romanos ? 

N. No es creíble. Y acaso no le conocerían los jurados sino por una vaga y obscura noticia de su nombre. 

A. No le conocían hasta que vino y le oyeron predicar: y añaden en la carta que este maestro se quedaría gustoso en Valencia; lo cual no dijeran si estaba ya en ella casi siete años. Además que la dignidad y los oficios que en Francia tenía, no permiten suponer tan larga ausencia. Con que no podemos juzgar que Celaya fuese autor de semejante cosa; y que todo ello es un atadijo de ficciones mal digeridas.

N. Pero V. hasta ahora no se ha hecho cargo de la autoridad del gran filósofo Juan Núñez, a quien Escolano oyó referir y lamentar muchas veces esta preocupación y sencilla piedad de Celaya.

A. Este es el único testigo que alega aquel escritor. Pero es testigo que nació en 1529, once años después del supuesto entierro; por consiguiente que adquirió esta noticia de otro, que no se sabe quien sea. Pues ¿en qué seso cabe por un motivo tan débil, dar por cierto un hecho de tanta entidad, y contra el cual están clamando el silencio de los documentos donde debiera constar, los montones de piedras romanas que Beuter después del año 1518 asegura que existían en Valencia, y las que el mismo Núñez confiesa que le habían alumbrado y servido de faraute (herault; heraldo, traductor, intérprete) para penetrar algunos lugares incógnitos de Plinio y Suetonio Tranquilo? Aun yo hallo que Escolano emplea cinco largos capítulos del lib. IV. en la explicación de muchísimas lápidas conservadas dentro de la ciudad; de las cuales algunas son dedicatorias a las Parcas, Serapis, Esculapio y otros héroes de la gentilidad, y casi todas puestas ya de muy antiguo en lugares públicos, donde es de todo punto inverosímil que las ignorase el magistrado. ¿Pues cómo pudo persuadirse este escritor que aquel sabio cuerpo mandase enterrar infinitas piedras para precaver que retoñeciese el gentilismo, cuando dejaba a la vista del publico otras muchas de que podía recelar igual riesgo? Esta reflexión tan obvia debía ser para Escolano de mucho más peso que las lágrimas de Núñez; ya que no quiso detenerse en averiguar si Celaya estaba o no en Valencia al tiempo de zanjar los cimientos del puente de serranos. 

N. Amigo, confieso a V. que antes pisaba yo aquella puente con respeto, considerando los preciosos cimientos que la sustentaban; pero de hoy más la pisaré con miedo, como edificio fundado sobre una fábula.

A. Trate V. la fábula como ella se merece; y vamos a pasar esa puente sin el temor y respeto que V. dice, sino admirando su buena y sólida construcción, y el punto hermoso de vista que desde ella se descubre.

N. He oído que un hábil paisista de esta ciudad está preparando para grabar algunas de las vistas excelentes de que abundan sus contornos. 

A. Así debiera ser; que pues en nada ceden las nuestras a las que nos venden los extranjeros, a lo menos servirían para resarcirnos de las sumas cuantiosas que ellos nos sacan con este género de comercio, vendiéndonos tal vez cosas arbitrarias. Dios nos dé más patriotismo.

Aquí tuvo fin el viaje y la conversación, y lo tiene también la carta. A Dios. 

NOTAS Y OBSERVACIONES.

(1) Hubo un tiempo de ira en la antigüedad en que se desfiguraban las inscripciones. Los romanos solían borrar de las inscripciones los nombres de aquellas personas públicas que se habían granjeado la aversión popular. Así escribe Suetonio que el senado romano se alegró tanto de la muerte de Domiciano, ut novissimé eradendos ubique titulos, abolendamque omnem memoriam decerneret, lo cual declarando Macrobio (Saturnal. lib. I. cap. XII.) dice que se borró el nombre de aquel emperador ex omni aere vel saxo. De Cómodo cuenta también Lampridio (in Commod. c XVII.) que mandó el senado borrar su nombre, alienis operibus incissum. Otros tales ejemplos pueden verse en el índice Gruteriano (Cap. XVII. litt. N.) donde pone la lista de las personas famosas, cuyos nombres fueron quitados de las inscripciones y otros públicos monumentos. Con esto cuadra lo que observan Reinesio (Epist. 69. ad Rupertum pág. 612.) y Perizonio (Dissertat. trias. pág. 22.) sobre una inscripción en que por mandato de Caracalla fueron borrados los nombres de Fulvia Plautila Aug. y de su padre L. Fulvio Plautiano, que era de la familia fulvia, como contra Panvinio y otros lo demostraron el cardenal de Noris (Epoch. Syromacedonum Diss. V. cap. III.) y Pagi (Crit. Baron. ann. CXCIX. n. 4. 5.) por las causas que indica Justo Fontanini De antiquit. Hortae lib. I. Cap. III. Véanse las observaciones de Noris (Epist. consular. pág. 15.) sobre el nombre M. Furii Camilli Scriboniani mandado borrar de una inscripción del año XXXII de Cristo, publicada por Grutero (CXIII. 2.) y Escalígero (De emend. tempor. lib. V. pág. 385.). Mucho se hubiera ilustrado este punto con el tratado De inscriptionibus decreto publico erasis (inglés erase : borrar) que tenía meditado Fontanini, y no sé si llegó a publicarse. 

(2) No conociendo el precio de estas reliquias de la antigüedad. De la utilidad de las inscripciones y del uso de ellas en la historia y la cronología han escrito varios eruditos modernos, especialmente los colectores de estos monumentos, cuyos nombres pueden verse en el Catálogo de la biblioteca bunaviana part. II. lib. VI. desde la pág. 1003. Entre ellos merece distinguido lugar Jano Grutero, cuya copiosa colección de inscripciones ilustrada con los exactos índices de Josef Escalígero (V. Scalig. Epist. 413. seq. à pág. 703.) y aumentada con el suplemento de Jacobo Sponio, ha dado gran luz para aclarar varios puntos dudosos en esta materia. Igual beneficio hicieron la obra intitulada: Monumenta sepulcralia clarorum virorum per totum fere orbem impresa en Francfort en 1585, y otra de Pedro Andrés Canonherio publicada en Antuerpia (Amberes, Antwerpen) en 1614, con el título: Flores illustrium epitaphiorum totius Europae.

A estos pueden añadirse los editores de epitafios y otras inscripciones que se conservan en diversas ciudades y provincias: Francisco Sweertio, que publicó (en Antuerpia 1613.) Monumenta sepulcralia Brabantiae: Juan Grossio, que imprimió (en Basilea 1622) Urbis Basileae (Basel, en Suiza) epitaphia et inscriptiones, obra continuada después por Juan Toniola en 1661: Jorge Gualtero, cuya es la Collectio inscriptionum et tabularum Siciliae atque Brutiorum (impresa en Mesana 1624). Daniel Praschio, que en el mismo año publicó en Ausburgo Epitaphia augustana vindelica: Pablo Aringho, que ilustró muchas inscripciones en su Roma subterránea (Rom. 1651). 

Ilustraron también esta materia el cardenal de Noris, que escribió Caii et Lucii caesarum (Cayo y Lucio) cenotaphia pisana: Sertorio Ursato Monumenta patavina: Juan Seldeno Marmora arundeliana: Miguel Potembeck Epitaphia noribergensia: Andrés Sennerto Athenae et inscriptiones witembergenses: Gisberto Cupero Sylloge variarum veterum inscriptionum; y otros muchos, cuyo ejemplo, seguido en España, daría a los extranjeros las noticias originales de su historia literaria que no tienen, por cuya falta caen en grandes equivocaciones acerca del estado antiguo, civil y eclesiástico de nuestras provincias. 

martes, 24 de mayo de 2022

CARTA XIV. De algunas preciosas reliquias de Valencia.

CARTA XIV. 

De algunas preciosas reliquias de Valencia. 


Mi querido hermano: Ya dije otra vez que los afanes inseparables de esta vida laboriosa suelen templarse con ciertas satisfacciones y consuelos inesperados que los premian cumplidamente, y aun los hacen olvidar. Tal es el que experimenté al ver con mis ojos algunas preciosas reliquias que se conservan en varias iglesias de esta ciudad. Materia agradable para quien ama la religión, y nada ajena de mi propósito; en todo caso no hablaré sino de las reliquias que pueden llamarse litúrgicas por su conexión con el objeto de mi viaje, y no de todas, sino de las más singulares, que llaman la atención y merecen especial memoria. Entre ellas, la primera es el cáliz que se conserva en la metropolitana, en el cual se cree haber consagrado el Salvador en su última cena. No es fácil señalar el modo con que fue trasladada esta santa reliquia de Jerusalén a Roma, desde donde se cree haberla enviado a España el glorioso mártir S. Lorenzo. Lo que consta es que (1) del monasterio de S. Juan de la Peña fue llevado este cáliz al palacio de los reyes de Aragón en Zaragoza; y de allí le trajo a Valencia don Alfonso V, y le dio a esta iglesia en 1437. Aun para los más severos críticos que ponen en duda la verdad de esta tradición, es este antiquísimo cáliz un monumento muy respetable de los primeros tiempos de la Iglesia. Por no errar en su descripción he querido más bien enviar una copia exacta, (insertar imagen del cáliz) que a mi presencia, y con el favor que debí al canónigo don Joseph Roa, dibujó el P. lr. fr. Carlos Hernández, de mi orden, (dominico) joven a quien por los trabajos que tiene emprendidos, espero deberán alguna perfección en España las bellas artes. La materia de este vaso se cree vulgarmente ser ágata cornerina oriental. El sabio italiano don Attilio Zuccagni, director del gabinete de historia natural de Florencia, y médico del rey de Etruria, en el reciente tránsito de SS. MM. católicas por esta ciudad, a instancia mía, le examinó atentamente, y juzgó ser un ónix verdadero. Mas yo no hallo en sus vetas (pone betas) la figura de uña, que, según los naturalistas, es el carácter de aquella piedra. Las de esta copa bajan casi perpendicularmente desde el borde, formando como unas aguas, o claros y oscuros que sólo se perciben bien mirándolas contra la luz. 

Carlos Hernández, cáliz, Cristo, última cena, catedral de Valencia


Por espacio de muchos años se depositó en este cáliz el cuerpo del Señor el día de jueves santo, hasta que en el año 1744, cayéndosele de las manos sobre los corporales al canónigo don Vicente Frigola al tiempo de sacarle de la arquilla donde está custodiado, se dividió la copa en tres trozos, y aunque después se unieron perfectamente, desde entonces no se sirven ya de él para este destino. A esta santa reliquia hace esta iglesia fiesta anual, instituida, siendo arzobispo el beato Juan de Ribera, por don Honorato Figuerola, canónigo de esta catedral, en el testamento que otorgó a 31 de Agosto de 1607. El mismo labró a sus expensas la rica custodia de plata, donde es conducida la santa reliquia en procesión, poco menos solemne que la del Corpus, a la cual y a sermón se reduce toda su fiesta. 

El oficio todo es del día en que se celebra, el cual desde su institución hasta el año 1650 fue el 14 de Septiembre, que entonces era colendo. Mas el arzobispo don fr. Pedro de Urbina la trasladó al día de S. Mateo, a excepción de los años en que la Exaltación de la Cruz cayese en domingo; y así se observa. Otras y preciosísimas reliquias guarda esta iglesia, cuyo catálogo publicó don Pascual Esclapés en sus memorias de Valencia, Con todo, no quiero omitir el religioso aparato con que se muestran una por una al pueblo en la tarde de la feria II de Resurrección. (2) Tomándolas en las manos el canónigo capitular las va presentando al pueblo, y (3) al mismo tiempo lee un sacerdote unos versos antiguos en lemosín, de que voy a dar alguna muestra. Al mostrar la reliquia de los dos dedos de la mano izquierda de S. Lucas dice: 

“Devots christians, en lo present reliquiari ha dos dits de sanct Lluc Evangeliste de la ma esquerre, que trametè à esta esglesia la reyna doña Margarita, muller del rey don Martí, haventhi bona devoció, digau axi:” 

De vostra ma dos dits esquerros toquen 

Lo nostre cor, volentvos imetar, 

Beneyt sanct Lluc, vullaunos impetrar 

Quels angels sancts en l'alt cel nos colloquen. 

Después se dice el himno y antífona correspondiente, y lo mismo se observa en las demás respectivamente. 

De la mirra. 

"Devots christians... ha de la mirra que oferiren los tres reys quant adoraren lo infant Jesus, donada per lo papa Calixte III, haventhi bona devoció, digau axi:” 

Puix reverim la mirra consagrada 

Que pels tres reys, Jesus oferta us fon 

Feu que tingam en aquest fragil mon 

De greus peccats la vida preservada. 


De la leche de María Santísima. 


De sancta llet ab que Jesus nodrireu, 

Verge sens par, vostres mamelles sanctes, 

Feu que nodrits los que devots la miren 

Sien per vos, puix gracies ne feu tantes. 


(4) De la camisita de Jesús. 


Mare de Deu, perqui fon prim cosida 

La reverent camisa del Senyor 

Feunos estar cosits en vostre amor 

Perque vejam aquell que la vestida. (la : la ha)


Del cáliz. 


O calzer sanct, devots ab reverencia 

Te reverim, puix en tu lo Senyor 

Ha consagrat la sanch que ja licor 

De notres (nostres) crims purga la pestilencia. 


De los santos corporales: 


"Devots christians, aquestos sons los sagrats corporals, que cremantse (en un poble de Arago nomenat Ayñon) tota una esglesia, miraculosament foren conservats ilesos de mig del foch, que nos cremaren, haventhi bona devoció digau axi:”

O corporals conservats per miracle 

Del foch cremant, per Jesus infinit 

Daunos esforç perquel mal espirit 

Creme james nostre sanct tabernacle. 


A este modo se muestran todas las demás reliquias. Concluido esto se dice el v. Reliquias tuas, Deus, adoramus in terris, alleluia, alleluia. R. Ut per eas salvemur in caelis. Oratio. Deus qui hunc diem nobis celeberrimum contulisti, in quo mirabiles tuas reliquias, et beate Virginis matris tuae Mariae, et sanctorum tuorum nos venerari concendis in terris: quaesumus ut pro tua 

misericordia majestatem tuam perenniter contemplemur in caelis. 

No es fácil averiguar el año en que comenzó esta práctica, que a primera vista parece antigua. Yo creo que cuando mucho es de fines del siglo XV, porque en uno de los códices de este tiempo se lee en el oficio del viernes santo, que adorada la santa cruz y depositada en el sagrario, se muestren al pueblo la santa espina y las reliquias. Esta rúbrica se halla suprimida de mano reciente, y ya no hay rastro de ella en los códices posteriores. Así que, es verosímil que en los principios del siglo XVI se trasladase esta ceremonia a día más desocupado. Por otra parte, estos versos saben más al siglo XVI, que a las poesías y al lenguaje de los anteriores. Se me olvidaba decir algo de (5) una muela de extraordinaria magnitud, tenida por de san Cristóbal, que guardaba entre sus reliquias esta iglesia, en cuya manifestación al pueblo se leían estas palabras: 


Cristofol gran en virtuts y persona 

E martyr sanct, del qual hui lo quexal 

Tots contemplam, pregam à Deu eternal 

Que del infern la pena nons confona. 

Hymn. Martyr Dei &c. 

(insertar imagen colmillo, muela, quexal, quixal)

colmillo, muela, quexal, quixal, San Cristóbal


Buscando yo esta muela en el relicario de la catedral para comprobar lo que de su tamaño dice Luis Vives, no la he podido hallar, y me aseguran que la recogió en los últimos tiempos de su pontificado el difunto arzobispo don Francisco Fabián y Fuero. No extrañaría yo que correspondiese al colmillo, que como reliquia del mismo santo mártir conserva este mi convento de Predicadores, cuyo dibujo envío hecho exactamente por el natural, de mano del citado P. Hernández, con las cuatro vistas necesarias para formar juicio de su convexidad, de la profundidad de sus raíces, y del estado en que le dejaron los que por devoción han limado y aun desgajado de él algunas partecillas. Es blanco, algo ennegrecido en la raíz, y como tostado en lo liso de la parte convexa. Y ya que este santo mártir nos llevó al convento de santo Domingo, daré noticia de un vaso antiguo que vi en su relicario.

vaso antiguo , relicario, atlante, cuerno

Es cavado en un cuerno de rinoceronte de forma prolongada, sostenido de un atlante de plata, tal como lo representa la copia que envío, dibujada también por el P. Hernández. Parece haber servido para usos profanos, por la opinión de que el cuerno de esta bestia es contra veneno. Ciertamente la desnudez del atlante y la mitología que en ello se contiene, no deja lugar para creer que fuese, como algunos piensan, uno de los cálices ministeriales, o bien alguna de las amulas o tazas en que se ofrecía el vino para el sacrificio, y de donde se dejaba caer en el cáliz por medio del colatorium. Y así a mi parecer hay equivocación en tenerle con las sagradas reliquias, bien que sea alhaja digna de conservarse. Hay aquí también reliquias de santa Enchina, san Hempronio, san Laverino, nombres que no hallo en el martirologio; a no ser que este último sea san Lauriano, obispo de Sevilla, y mártir. La misma duda tengo en orden al verdadero nombre de (6) santa Anglina v. y m., cuyo cuerpo, depositado en una arquilla, se halló por los años 1588 en el hueco de una pared del capítulo de este convento, como refiere el maestro fr. Vicente Justiniano Antist, dominico, al fin de los opúsculos de S. Vicente Ferrer, y otras obrillas que publicó en un tomito en 8.° el año 1591. Reza esta comunidad de dicha santa día 22 de Octubre, inmediato al de santa Úrsula, de quien se cree fue compañera, y una de las once mil que, como dicen, la siguieron en el martirio. También se venera el cuerpo de S. Jorge Mártir en una arca, que por su escultura e inscripción parece del siglo XV. Baronio en las notas al martirologio habla de muchas reliquias de este santo: y por otra parte son tantas las que hay suyas en sólo este reino, sin que conste que se hayan sacado de dicha arca, que yo más bien creo ser este pequeño cuerpo formado de huesos de varios santos; y cuando sea de S. Jorge, sin escrúpulo se puede afirmar que no es del célebre mártir nicomediense, de cuyo cuerpo depositado en la Palestina, aun en el siglo XIII, son muy contadas las reliquias que se esparcieron por el occidente (a: V. acta ss. die 23 April.). Hablo conjeturando, porque no fue posible abrir el arca. Prolijamente examiné todas las preciosidades de este relicario por si la casualidad me presentaba entre las reliquias del ilustre hijo de esta casa S. Vicente Ferrer algún trozo de sus manuscritos. Más feliz ha sido en esta parte el colegio de Corpus Christi, fundado por el beato Juan de Ribera, donde se guarda un volumen de sermones latinos escrito de mano de dicho santo; los cuales se publicaron en la edición que se hizo en esta ciudad el año 1692 en cinco tomos en 4.° Ojalá tomaran para sí este ejemplo otros cuerpos, que gloriándose justamente de poseer monumentos preciosos de la literatura eclesiástica, esterilizan esta gloria por no hacer común el tesoro de donde procede. Llega a tal punto la equivocación en esta materia, que hay cuerpo que abiertamente pospone el interés propio, y la utilidad pública y el crédito que resultaría a los autores de ciertas obras inéditas, a la honrilla mal entendida de ser él solo su poseedor. Será menos apreciable si se publica, y perderá la casa esta gloria... Dijéronse estas palabras a un sujeto, que tratando de publicar un libro, deseaba verificar una cita de cierto códice que nadie disfrutaba, ni aun el que lo poseía: en esto no podemos negar que han sido más francos y liberales que nosotros los extranjeros: por cuya causa, siendo tal vez nosotros más ricos, no es extraño que la avaricia y mezquindad literaria nos haya hecho parecer pobres.

Tornando pues a mi canto llano, digo, que el códice de este colegio contiene los sermones que el santo escribió de su mano, predicados por los años 1410 hasta el 1414, en que le dejó en Morella, villa de este reino, en casa de un tal Gavaldá, cuyos descendientes le regalaron al beato patriarca Ribera. De él se infiere lo primero, que S. Vicente Ferrer escribió gran parte de sus sermones en la lengua latina, aunque los predicase en lemosín: lo segundo, que su estilo es muy semejante, y aun el mismo que el de los sermones que se suponen copiados y traducidos al latín por sus discípulos. En aquel tiempo era casi general la corrupción de la lengua latina, tolerábase el uso de los barbarismos, latinizando cada cual a su arbitrio muchas voces y frases de su propia lengua. Esto hizo S. Vicente en la suya, escribiendo por ejemplo: sicut bladum exit per saccum foradatum subtus; y aun injiriendo palabras lemosinas puras: v. gr. varons, bona gent, truchimant, exarop, y otras tales que se copiaron de este códice, y se hallan en la citada edición con la interpretación latina al canto: lo tercero, que por esta razón y por la uniformidad de este MS. con los demás sermones latinos impresos con el nombre de dicho santo, se puede juzgar que son suyos todos ellos, porque aunque no los escribiera todos de su mano, y predicara de repente muchos de ellos, pudieron muy bien los oyentes con la facilidad de escribir, o apuntando después las ordituras, conservar gran parte de sus sermones. 

Indagando yo alguna vez por qué causa suelen tenerse por apócrifos estos sermones latinos de S. Vicente, hallo que no se alega otra sino la barbarie y poca cultura del lenguaje latino. Esto les hace dudar de su autenticidad; y aun sé de alguno que con un cierto aire de burla, solía recitar largos trozos de ellos, escogiendo los menos limados. Nace esto de no conocer los vicios literarios de los tiempos y de los países, los cuales, no oponiéndose a la santidad, son compatibles con el celo de los varones apostólicos, que tienen necesidad de hacerse en cierto modo pequeños con los pequeños, y llanos y fáciles con los rudos para salvar los fines de su misión. San Vicente, obligado a predicar a la gente de su siglo ignorantísima y generalmente bárbara, echó mano de símiles llanos y sencillos, y a veces de expresiones vulgares cuando no hallaba otras inteligibles a los más rudos, las cuales parecen bajas a los literatos que ahora las leen, y entonces por salir de un pecho abrasado en celo, contribuyeron maravillosamente a la conversión de los pobrecitos que las oían. Negar por esto solo que sean obra de S. Vicente estos sermones, téngolo por tan desacertado como negar que sean de los malos oradores que conocemos las oraciones churriguerescas que andan impresas en su nombre. No pongo a los de S. Vicente en esta clase; antes los juzgo diametralmente 

opuestos, pues en ellos sólo respira la sencillez y libertad y voz del tronido apostólico, mientras en estotros no se ve sino hinchazón y violencia continua de las palabras de la Escritura, y caramillos de un ingenio vano, que se predica a sí mismo con daño también de las almas, y ruina del arte y de la lengua española. Sin embargo, ingenuamente confieso que me suenan mejor esos sermones en la lengua lemosina en que el santo los predicó, la cual se hablaba entonces correctamente, y me parecen conservar más la unción de aquel espíritu. Cinco volúmenes de ellos en lemosín conserva esta catedral, escritos hacia los tiempos en que floreció S. Vicente. Para muestra envío copia de uno de ellos, que es el de la Exaltación de la santa Cruz, por lo mismo que se halla impreso en la colección latina. Coteja uno con otro, verás como nada tiene este sermón que desdiga de su autor, y que los intérpretes se tomaron alguna libertad en variar los textos, extendiendo algunas especies, y alterando otras. En resolución yo juzgo que la mayor parte de los sermones impresos con el nombre de S. Vicente Ferrer, son obra suya legítima; porque así como en este colegio, así también se han conservado otros originales en los archivos de algunas iglesias y comunidades religiosas. No dudo que hay algunos interpolados por sus oyentes o discípulos, en cuyas sentencias y palabras todavía resalta el buen espíritu de su autor, de las cuales decía el maestro Antist (a: Vida de S. Vicente Ferrer (part. I. cap. 7)), que aun muertas, mueven extrañamente. Muy útil sería una nueva edición de estos sermones, en que estuviesen separados los legítimos de los interpolados o sospechosos. Alguna luz daría para este discernimiento la colección de sermones en latín, que se halla en la misma catedral con este título: sermones dominicales, recollecti, per magistrum Vincentium Ferrarii de bona memoria, per totum annum: códice anterior a la canonización del santo, como lo prueban estas palabras y su carácter. Vamos a otra cosa. 

Escolano (lib. V. col. 986) habla de unas antiquísimas crismeras, o vasos de bautizar, como existentes en su tiempo en la iglesia parroquial de S. Juan del Hospital, convento antiguo de la orden de Malta. Aunque no fuesen sino vasos de óleo para la extremaunción, que es lo más cierto, la circunstancia de ser acaso las más antiguas de esta ciudad, y anteriores a su conquista, llamó mi atención para examinarlos. Debí al actual teniente prior que los buscase con gran diligencia, y sin otro fruto que la bien fundada sospecha de que se deshicieron para forjar otros. Con esta ocasión me presentó él mismo una cruz de plata, que contiene un pedazo de lignum crucis (leña, madera de la cruz): obra sin duda del siglo XIII, como se echa de ver por estas letras grabadas en la caña o vara, que aparecen deterioradas, y con algunas interrupciones. Hic sunt... in ista cruce ex ligno Domini, ex tranco (sin duda cráneo) S. Andreae... Domini nostri Jesu Christi, et ex ossi.... S. Ambrosii, et ex lapide sepulchri Domini, et ex sepulchro sanctae Mariae Matris... Registré allí también en el hueco de la pared de una gran capilla un trozo de la columna, donde dicen haber sido azotada santa Bárbara. Es de piedra, a lo que parece, ordinaria, alta como dos palmos y medio, sobre la cual hay un pilón donde solían poner agua, la cual, bañando la superficie de la columna, se daba después a los enfermos. En otro lugar más elevado se ve un sepulcro, donde dicen estar los huesos de la emperatriz de Grecia Constanza, hija del emperador de Constantinopla Federico; la cual cuando vino a esta ciudad pidiendo auxilio a su sobrina doña Constanza, mujer del infante don Pedro, el que sucedió a don Jayme I de Aragón, trajo consigo esta reliquia, y en el testamento que otorgó en 1306 la legó a dicha iglesia. En un altar lateral de la misma capilla se halla cubierto con un mal lienzo un precioso casilicio de jaspes y otras piezas exquisitas. Tendrá como tres palmos de altura, y en su nicho se hallan dos huesos cruzados, con este rótulo S. Jocundi. S. Concordiae. 

Fuera del recinto de esta iglesia se ven vestigios de otra que fue la del tiempo de la conquista. En una de sus capillitas se venera una imagen de María Santísima con el título del milagro. El pueblo da esta invocación a la del hospital de pobres sacerdotes, que a buena cuenta es de nuestra Señora de la Seo. En el misal impreso en 1509 he hallado una misa sanctae Mariae sub titulo miraculi, aludiendo sin duda a esta invocación, la cual no sé de 

donde pudo nacer. Igual incertidumbre tengo en orden a otra misa sanctae Mariae de pace, que hay en el mismo misal; acaso corresponderá a la imagen que con este título se venera en la parroquial de santa Catarina.

Con estas curiosidades alivié un tanto la pena de no haber hallado las crismeras. Acabó de restablecer mi sosiego el haber recibido el mismo día la copia del oficio que se rezaba antiguamente en Alicante en la fiesta de la santa Faz. La historia de esta imagen escrita por el padre Joseph Fabiani, e impresa en Murcia el año de 1763, impugnada después sólidamente por el doctor Agustín Sales, se reduce a que de (7) aquellas tres faces (caras), que dicen haber dejado el Salvador estampadas en el lienzo de la Verónica, la una fue llevada a Roma, y la otra a Jaén. La tercera que se quedó en Jerusalén, andando el tiempo vino también a parar a Roma, de donde la sacaron los venecianos hacia la mitad del siglo XV para libertarse de la peste que padecían. Y viendo el buen efecto que causó la presencia de esta sagrada reliquia, se negaron a su restitución, hasta que a instancias del papa la devolvieron al mismo cardenal que la había conducido a Venecia. No dicen quien fuese este; pero sí que antes de llegar a Roma, sabedor de la muerte del papa, se quedó con la santa faz, la cual regaló poco después a un Mosen Pedro Mena, electo cura de la parroquial del lugar de S. Juan, en la huerta de Alicante, en pago de lo bien que le había servido. Cierto que por grandes que fuesen estos servicios, no dejará de parecer paga muy crecida la posesión de una alhaja tan preciosa. Añaden que esta traslación se hizo poco antes del año 1489, en el cual se verificó la famosa procesión de rogativa de que tantas maravillas se cuentan; y entre otras, que en el lugar donde después en 1518 se fundó el convento de religiosas franciscas, el peso extraordinario de aquel sagrado lienzo, y la lágrima que se le vio destilar, obligó a detenerse el numeroso pueblo que la acompañaba. A este prodigio y otros que siguieron se atribuye el origen de la fiesta que se celebra a 17 de Marzo. El oficio antiguo, dice Fabiani, le compuso el P. fr. Benito de Valencia, de la orden de S. Francisco, o sea fr. Francisco Bendicho, como suponen las 

lecciones de él, cuya copia incluyo. El cual con la fiesta fue aprobado por el papa Clemente VII el año 1525 por el vivae vocis oráculo, dado al cardenal diácono Hércules de Rangonibus. Estas son las palabras que cita Fabiani, 

como sacadas del breve apostólico original: quod possint celebrare festum vultus Salvatoris nostri sub ritu duplicis majoris 17 die Martii; et quod si in dominica venerit, fiat de festo, et dominica transferatur ad secundam feriam; et quod dicant officium proprium de dicto festo. Esto hay de la fiesta.

(8) El hallar esta historia tan desnuda de fundamentos, y el ver que tiene contra sí tantas dudas en sus principales puntos, me hace creer que esta imagen (9) sea más bien una de las muchas copias que se veneran en la cristiandad, sacadas de la que existe en S. Pedro de Roma. El Señor nos dé espíritu de verdadera devoción para separar con las luces de la Iglesia lo cierto de lo incierto (10), y no exponer las verdades de nuestra sagrada 

religión a las burlas y sátiras de sus enemigos. Hubo tiempos de ignorancia, en que no conociéndose la íntima concordia de la verdad y de la piedad, por un celo mal entendido, se fingieron cosas que ha tenido que aclararlas después el celo ilustrado y según ciencia, que es el verdadero. En esto mismo que estamos hablando de las reliquias, me ocurre ahora el uso que de ellas hacían algunos pueblos de Aragón a fines del siglo XVI, y principios del XVII, sacándolas a las orillas de los ríos, o sumergiendo las imágenes de los santos en los pozos para alcanzar por su intercesión la lluvia en tiempo de sequía. El concilio celebrado en Zaragoza en 1615, pidió a varios teólogos su parecer sobre si debía tolerarse o no semejante rito. En la biblioteca de este mi convento he visto original el parecer que dio el ven. fr. Gerónimo Bautista de Lanuza, aprobando esta práctica con ciertas restricciones. Muy de otra manera pensaba el doctor Gabriel Sora, que tres años después fue electo obispo de Albarracín, el cual en su parecer, que existe allí mismo, declara este culto por supersticioso. De los dos enviaré luego copia, porque a más de su erudición, contienen algunas noticias de las practicas eclesiásticas de aquel tiempo. Mucho me he alargado hoy; pero he querido no llevarme a Segorbe, adonde pasaré de aquí a pocos días, el cuidado de conservar en la 

memoria estas especies sueltas que la fatigan por su inconexión, y acaso a ti por lo mismo te cansarán menos.

Dios te guarde muchos años. Valencia 12 de Febrero de 1803. 


NOTAS Y OBSERVACIONES. 

(1) Del monasterio de S. Juan de la Peña fue llevado este cáliz &c. 

Esta preciosa alhaja depositada en el monasterio de S. Juan de la Peña, como suponen varios historiadores de Aragón, por los obispos de Huesca cuando invadieron los bárbaros aquella ciudad, adonde se cree haberla enviado desde Roma S. Lorenzo M., el año 1399 fue trasladada por el rey don Martín a la capilla de su real palacio de Zaragoza, llamado Aljafería, donde estuvo todo el reinado de don Fernando I, llamado el Honesto, y parte del de su hijo don Alfonso el V, el cual a su vuelta de Nápoles, estando en Valencia el año 1424, y habiendo hecho traer a su palacio las reliquias de la real capilla de Zaragoza, una de las cuales era este precioso cáliz, antes de partirse para Castilla, con motivo de la prisión de su hermano, las dejó depositadas en la sacristía de la catedral, como consta del instrumento que se extendió a este fin en 11 de Abril del mismo año, y existe en el libro notal del año 1419, en 1427, que se conserva en el archivo de las casas consistoriales. En 18 de Marzo de 1437 resolvió el rey don Alonso hacer donación a esta santa iglesia de las reliquias que en ella había depositado, en cuyo instrumento se lee que una de ellas era el cáliz en que consagró Christo el jueves de la cena. Abrióse el cofre donde estaban guardadas estas reliquias, en el reinado de don Fernando II el Católico, a 5 de Septiembre de 1506, con cuyo motivo se hizo nuevo inventario de todas ellas, que existe en el libro manual de consejos y provisiones del dicho año 1506, en 1508, y en él se describe el cáliz, diciendo tener dos asas de oro, y el pie del color del mismo cáliz, el cual está guarnecido al rededor de oro con dos balaxos (balajos) y dos esmeraldas, y el pie con treinta y ocho perlas. Los fundamentos en que se apoyan las conjeturas sobre la traslación de este cáliz de Jerusalén a Roma, y de Roma a Huesca, pueden verse en la disertación que acerca de esto escribió don Agustín Sales, impresa en Valencia el año 1736. 

(2) Tomándolas en la mano el canónigo capitular. La Iglesia inspirando por todos los medios a los fieles la debida veneración a las sagradas reliquias, ha procurado que se les manifiesten siempre por manos de sus mismos pastores, de eclesiásticos constituidos en dignidad. De los sumos pontífices y cardenales de la santa Romana Iglesia y otros prelados de la cristiandad, que por su mano mostraron al pueblo varias reliquias, dio Pedro Moreto un largo catálogo (diss. de ritu ostension. sacr. reliq. cap. 30. 31. 33). En la iglesia vaticana los canónigos manifiestan las reliquias a la veneración pública, y aun el maestro de ceremonias Cándido Cassina añade sus diarios MSS. ad ann. 1709), que solos ellos pueden subir al relicario. En las constituciones MSS. de la iglesia de santa María Transtiberim, hechas por el cardenal Altaempsio (cap. 4) se lee también: reliquiae populo ostendantur per aliquem praelatum, et illo deficiente, per canonicum. El IV concilio provincial de Milán en el decreto sobre la manifestación de las reliquias dice: à sacerdote qui post episcopum in illa ecclesia digniorem sacerdotalem locum obtinet, nisi aliquando episcopus ipse id munus sibi obeundum censuerit, exponantur, et recondantur. La cual práctica se sigue constantemente en Burgos (Salazar martyrolog. 9 de Abril t. II. pág. 552), y en otras iglesias de España. El fijarse esta ceremonia el día segundo de la pascua tuvo origen de la basílica constantiniana, donde, como dice Ciampino, feriam secundam paschatis populo in statione affluenti visendae exponebantur (reliquiae) in triginta octo tabernaculis (de aedif. Constantin. página 74). 

En este mismo día se mostraban también al pueblo en Roma y en Constantinopla las insignes reliquias de la santa cruz (Gretser. de cruce lib. I. c. 74), en Bezanzon el sudario de Cristo (Chifflet de lint. Christi sepulchr. cap. XI.), y en Nuremberg el sagrado clavo (Curt. de clavis Dom. cap. VIII.), y otras preciosas reliquias en el antiquísimo templo de S. Esteban de Bolonia (Trombelli de cultu ss. diss. VIII. c. 23 §. 13). 

Tal vez esta práctica de tantas iglesias dio ocasión al IV concilio de Milán (p. I. tit. de sacr. reliq.) a que señalase la pascua de Resurrección entre las grandes solemnidades a que limitó la pública manifestación de las reliquias. 

Tampoco es reciente la práctica de mostrarse estas sagradas reliquias desde el púlpito o de algún otro lugar elevado, como se hizo con la sangre de S. Esteban, de la cual dice un antiguo escritor (auctor. lib. de mirac. S. Steph. qui Evodio trib. cap. II.): cùm ad ecclesiam perduxissent, atque supra pulpitum elevassent. Y más abajo (cap. III.): cùm... super cathedram velatam essent reliquiae constitutae. Desde el púlpito de la iglesia vaticana mostró al pueblo el papa Gregorio IX las cabezas de S. Pedro y S. Pablo (Raspon, descript. eccl. later. lib. IV, c. 19). Los monjes de Corbie mostraron también las reliquias de S. Adalardo ascendentes gradus pulpiti (Mabill. acta ss. Benedict. p. I. p. 370). Otro tanto se lee haber hecho el cardenal Ursino con las reliquias halladas en la iglesia de Benevento (acta concil. II. prov. Benev. an. 1698 p. 47). Pudiéramos alegar ejemplos de otras iglesias por donde ha venido a ser casi general esta costumbre en Italia: pluribus modo Italiae urbibus, dice Pedro Moreto (de ritu ostension. sacrar. reliq. cap. XXVII. p. 55)...  usus viget è pulpitis reliquias monstrandi. Romae monstratas vidi è pulpito die sanctorum Philippi et Jacobi in basilicam XII apostolorum. 

(Nota del editor: Ver en El Decamerón la jornada sexta, novela décima

Fray Cipolla, cebolla, quiere mostrar al pueblo, aldeanos, la pluma del ángel Gabriel, que es una pluma de un papagayo; le dan el cambiazo con carbón, y dice que son las brasas del fuego donde asaron a san Lorenzo. Más reliquias, en chapurriau: Primeramen me va amostrá lo dit del Espíritu San, tan sansé y sano com may u va está abans, y lo tupé del serafín que se li va apareixe a San Francisco, y una de les ungles dels querubíns, y una de les costelles del Verbum, y los vestits de la santa fé católica, y algúns dels rayos de la estrella que sels va apareixe als tres Reys Magos o Reixos, de Oriente o de lleván, y una botelleta en la suó de San Miquial cuan va luchá en lo dimoni, y la mandíbula de San Lázaro y atres. Y com yo libremen li vach entregá les faldes de Montemoreno en llengua vulgar, y algúns capítuls del Caprezio que mol tems habíe estat buscán, ell me va doná alguna santa reliquia, com van sé una de les dens de la santa creu, y una botelleta en una mica del soroll de les campanes del templo de Salomón, y la pluma que tos día del arcángel Gabriel, y un dels socs de San Gherardo de Villamagna, que li vach doná, no fa mol, a Florencia, a Gherardo de los Bonsi, que li té una grandíssima devossió; y me va doná los calius als que va sé rostit lo benaventurat mártir San Lorenzo; y totes estes relíquies les vach portá aquí, y totes les ting.

Y es verdat que lo meu abad may ha dixat que les amostrara mentres no se sertifico si són verdaderes o no, pero ara que per algúns milagres fets per nelles y per cartes ressibides del patriarca se ha assegurat que són verdaderes, me ha consedit la lissénsia per a que to les amostra; pero yo, en temó de confiáles an algú atre, sempre les porto en mí. Sert es que porto la pluma del arcángel Gabriel, per a que no se faigue malbé, a una arqueta, y los calius als que va sé sucarrat San Llorens a un atra, y com les arques se assemellen tan, ya m´ha passat alguna vegada que hay pres la que no ere, y ara me ha tornat a passá; y creén que había portat la arqueta aon está la ploma, hay portat aquella aon están los calius. Lo que no reputo com a errada, sino que me pareix que ha sigut la voluntat de Deu, y que ell mateix me ha ficat la arqueta de los calius a les mans, fénme enrecordá que la festa de San Lorenzo es de aquí a dos díes; y per naixó, volén Deu que yo, al mostrátos los calius en los que lo van rostí, ensenga a les vostres almes la devossió que an ell li hau de tíndre, y aixina en ves de la pluma me va fé pendre los beneits calius bañats en la sang y aigua del cos de aquell santíssim mártir. Y per naixó, fills meus, traéutos les capuches y arriméutos aquí devotamen a vórels. Pero primé vull que sapigáu que consevol que toco estos calius y fa la siñal de la creu pot viure segú tot lo añ de que no li cremará lo foc que nol toco. Y después de dí aixó, cantán un laude de San Llorens, va obrí la arqueta y va amostrá lo carbó, y después de que un rato la estúpida multitut haguere mirat en reverén admirassió, en mol soroll de peus tots se van arrimá a fray Sebeta, y donán almoynes mes grans de lo que acostumáen, tots li rogáen que los tocare en los calius. Per naixó, fray Sebeta, agarrán aquell carbó en les mans, damún de les camisotes blanques y faldes y datra roba, y als vels de les dones va escomensá a fé les creus mes grans que li cabíen, afirmán que tot lo caliu que se gastáe fén aquelles creus tornáe a apareixe después a la arqueta, com ell habíe vist moltes vegades. Y de tal guisa, en bon profit seu, habén crusat a tots los aldeáns, per aquella rápida invensió se va burlá de aquells que, traénli la pluma, habíen volgut enfótressen de ell. Estos, están al sermó y habén vist lo extraordinari remey que habíe trobat, y cóm se les habíe arreglat y en quines paraules, sen habíen enrit tan que pensáen que sels engancharíen les barres; y después de anássen tots, anán cap an ell, en molta festa li van contá lo que habíen fet, y después li van torná la pluma, que al añ siguién li va valdre tan com aquell día li habíen valgut los calius. Giovanni Boccaccio, siglo XIV)

(3) Al mismo tiempo lee un sacerdote &c. De esta práctica de ir señalando en alta voz cada una de las reliquias que se proponen a la veneración pública, tenemos un antiquísimo ejemplo en la iglesia de Jerusalén, cuyo obispo al mostrar al pueblo la santa cruz, decía: ecce inventus qui fuerat absconditus salutis thesaurus: ecce signaculum in quo signati sumus: ecce crux per quam cogniti sumus crucifixo. 

Por el II sínodo de Benevento (n. 24.) consta que uno de los obispos que asistieron a él, vestido de pontifical, al tiempo de mostrar las reliquias al pueblo, iba leyendo su catálogo altà et intelligibile voce. En Aix la Chappelle se anuncian también las reliquias al pueblo por boca de un personaje (Petr. Beeckius in Aquisgrán. cap. IX.), de cuya dignidad dice Moreto: illum esse censerem presbyterum aut saltem ecclesiasticum virum superpellicio amictum voce praestantem. Romae utique ita observatur. Neque ministerium illud dignitate insigni homini inconveniens (de ritu ost. reliq. cap. LVII). Al presbítero que publica las reliquias en Nuremberg, llama vocalissimum Pirckeimero (historic. cap. VIII.), que era sin duda algún sochantre, como se practica en Civitella. 

Del uso de la lengua vulgar en la manifestación de las reliquias dice Moreto: idiomate utuntur denuntiationis ministri quod ab omnibus vel ferme omnibus percipi valeat. Hinc frequentiùs vulgare est (loc. laud. cap. LVII). 

En la iglesia de S. Juan de Letrán se hace esta ceremonia anualmente el día de pascua en italiano y en latín. El entonar en esta ocasión himnos o motetes o antífonas, y hacer otras demostraciones públicas de alegría, es rito confirmado con ejemplos de la antigüedad eclesiástica (Moret. ib. c. LVIII.), y aprobado y prescrito por san Carlos Borromeo en el IV concilio provincial de Milán, donde se manda que al tiempo de exponerse las reliquias a la pública veneración: hymnus vel de apostolis, vel de martyribus, vel de confessoribus, vel de virginibus canatur, prout sunt sancti sanctorumque reliquiae quae exponuntur; tum antiphonae et alia ejusmodi ad rem accommodata; ultimoque loco oratio de sanctis illis: si verò sanctus sanctave est, cujus proprius hymnus, antiphona, oratiove, extat, illa canatur, 

(4) De la camisita de Jesús. Sentencia es común, aun entre los más severos críticos, que la santísima Virgen empleó sus benditas manos en labrar esta clase de ropas a su santísimo Hijo Jesús. Conforme a lo cual decía Juan Bautista Mantuano:

Cùm primùm dulces infans proferre loquelas

Coepit, et adversis vestigia figere plantis;

Mater ei tunicas habiles ordita novumque

Vestis opus, niveo puerum velavit amictu.

Del paradero de una de estas sagradas reliquias dice Juan Jac. Chiffletio (de lint. sepulchral. Christi cap. VI. pág. 32): inconsutilem enim tunicam Filii, operam mirabili texuisse creditur; necnon lineam ejus adhuc pueri subuculam consuisse, quae è crassiore lino facta Romae servatur in aede sacra sancti Joannis Lateranensis. 

Otros vestigios quedan de las labores de manos de esta especie en que se ocupaba la santísima Virgen, como consta del testimonio de Nicéforo (lib. XIV. c. 2), y del venerable Beda (lib. de locis sanctis c. V). Tal vez pertenece a esta clase el manto o capa del niño Jesús, que se conservaba desde el siglo XII en el monasterio de Argenteuil (Saussaii panoplia sacerdot. append. de cappam pueri Jesu) a la cual reliquia llama Baudrand túnica inconsútil, diciendo que por ella vino a ser famoso aquel pueblo: Christi veste inconsutili celebre (Baudr. nov. lexic. geogr. v. Argentolium).

Otra igual reliquia se conserva en Tréveris, la cual los anales de Brouver llaman unas veces tunica inconsutilis, y otras sacrata Domini vestis. Parece haberse comenzado a exponer a la pública veneración el día 3 de Mayo del año 1512 (Brouver. annal. Trevir. lib. IX. n. 48. tom II. pág. 329): también consta haberse mostrado en Enero del año 1594 a Ernesto, archiduque de Austria, en un viaje que hizo a aquella ciudad: XV Januarii Christi Domini tunica inconsutilis archiduci caeterisque proceribus in aede summa extra ordinem exhibita (id. ib. lib. XXII. t. 2. pág. 427). 

(5) Una muela de extraordinaria magnitud tenida por de S. Cristóbal. Escolano (hist. de vul. lib. V. c. 3) fundado en la legitimidad de esta muela de S. Cristóbal, conservada en el relicario de Valencia, pretende probar contra Baronio haber sido aquel santo mártir verdadero gigante. Dice lo primero, que aquella muela fue dádiva de los reyes de Aragón, añadiendo, que los reyes de ordinario reciben las reliquias de los sumos pontífices y de grandes prelados. Lo segundo, que en la villa de Estrada o Coria, en Castilla, muestran otra muela como la nuestra, con nombre también de S. Cristóbal. Lo tercero, que en la aprobación de la santa muela, uno de los príncipes extranjeros que acompañaban a los reyes Felipe III y doña Margarita en su viaje a Valencia, refirió que en cierta ciudad que declaró había visto la mitad del casco de S. Cristóbal tan espantoso, que podían caber en ella tres celemines de trigo. Lo cuarto, que no pudiéndose negar que esta muela fue de cabeza humana, sin fundamento se asegura que fue de otra y no de la de san Cristóbal. Lo quinto, que acaso S. Cristóbal y los demás gigantes no nacieron con el número de muelas, dientes y clavos que nacemos todos, sino con aquellos que bastan para gastar la comida, y para no hacer una cabeza desigual y disforme; esto es, con una de aquellas muelas en cada quixada (quijada), y quando mucho, dos por banda. Lo sexto, que el negar esto, es contradecir a la común pintura con que generalmente pintaban al santo en toda España con figura de gigante.

Estas conjeturas han dado ocasión a que se crean auténticas otras semejantes reliquias de S. Cristóbal que se conservan en España. De algunas que se veneraban en Toledo, supone Tamayo con la autoridad del falso cronicón de Juliano, que fueron llevadas a aquella iglesia poco después del martirio del santo, y que el año 828 fueron trasladadas a Valencia (V. Nicol. Ant. cens. de hist. fabul. l. XII. c. 10. §. 8) Tal vez creyó ser de este número el diente que se guarda en el convento de Predicadores de aquella ciudad y la muela perdida, la cual vio Luis Vives entre las reliquias de la iglesia metropolitana: molarem dentem pugno majorem, quem dicebant esse illius. Bivar en sus comentarios al falso cronicón de Máximo dice que en la iglesia catedral de Astorga vio el año 1631 una parte de la mandíbula de S. Cristóbal, que pesaba trece libras de a diez y seis onzas. Gil González Dávila (teatro ecles. t. I. p. 20) dice que en Santiago de Galicia se venera un brazo de S. Cristóbal, del cual asegura Molina (descripción de Galicia fol. 5. 6) ser de extraña magnitud. Tamayo, con testimonio de Gil González Dávila (t. II. fol. 441), dice que en la iglesia de Coria se conserva un colmillo (dens columellaris) de san Cristóbal, proporcionado al brazo de Compostela. Otro diente grande de S. Cristóbal se halla en Milán en un antiguo templo de este santo mártir, el cual permitió S. Carlos Borromeo que se expusiese a la veneración pública (J. A. Castellion. p. I. saec. 2. fascic. IX. pág. 232. seq.). Bernardo Breydenbach en su peregrinación a Jerusalén (p. I.), hablando de las reliquias de Venecia, pone entre ellas os quoddam magnum S. Christophori. De esta ciudad son casi todas las reliquias de S. Cristóbal, que envió al real monasterio de S. Lorenzo Guzmán de Silva, embajador de Felipe II. El mismo Breydenbach hace memoria de un grande alfanje de S. Cristóbal (ap. Theophil. Rayn. symbol. anton. §. I. n. 3). 

Melchor Incoffer (in mantissam ad opus pro epistolam Deiparae not. 76), por testimonio de un obispo de Bosnia, refiere que tomada Constantinopla por los Turcos, se trajo a occidente con una escritura pública (o auténtica) del patriarca Genadio un pie de S. Cristóbal, y la pierna entera hasta la rodilla con su carne y piel, todo de extraordinaria magnitud. Acaso pudo conservarse esta reliquia en la capilla donde se celebraba su fiesta en Constantinopla, como consta de los menologios de los griegos (menaea IX Mai p. 86). De otros dientes y huesos muy grandes de S. Cristóbal que se conservan en varias catedrales y monasterios de Europa, traen un largo catálogo los sabios editores de las actas de los santos el día 25 de Junio (comm. praev. §. II. III.), asegurando (§. V. n. 53. 54.) que de nada de esto puede colegirse la estatura gigantesca de S. Cristóbal, mientras no se aleguen a favor de ella otros documentos, y que las razones de Serario a favor de la opinión contraria sólo prueban que no es imposible, siendo cierto que ha habido gigantes. No es ajeno de nuestro propósito advertir con esta ocasión la antigüedad del culto de S. Cristóbal en España. En el oficio muzárabe tiene oficio y misa. San Eulogio hace memoria de la iglesia y monasterio antiquísimo que había ya en su tiempo en Córdoba dedicado a S. Cristóbal. El rey de León don Ramiro II, hacia los años 934, entre otros monasterios fundó el de san Cristóbal a la ribera del río Cea, cerca de Duero  Mariana l. VIII. c. 5, Mabillon annal. ord. S. Bened. t. III. p. 509). 

Escolano (p. I. lib. V. c. 10. col. 959) dice que por consejo de S. Vicente Ferrer fue expuesta en Valencia en varios lugares la imagen de S. Cristóbal; “aconsejados, dice, los regidores por S. Vicente Ferrer del remedio que debían tomar para defenderse de una pestilencia que corría, mandaron asentar en muchas esquinas de calles y plazas de Valencia la imagen del santo, sustentando el niño Jesús en proporción de gigante: avisados por él que bastaba para cerrar y tomar los pasos a que no entrase el mal.”

Estos y otros documentos hicieron decir a Baronio: frequens erat ac religiosus in Hispaniis Christophori martyris cultus.

(6) Santa Anglina virgen y mártir... de quien se cree fue compañera (de santa Úrsula), y una de las once mil que la siguieron en el martirio. A la relación del hallazgo de este santo cuerpo, publicada por Antist y Marieta, deben añadirse las juiciosas reflexiones con que Nicolás Antonio (cens. de hist. fabul. lib. VI. c. 4, § 2 y 3) desvanece la ficción de los supuestos Luitprando y Juliano, donde se, insertó el nombre de esta santa virgen y mártir, añadiendo que fue una de las compañeras de santa Úrsula.

La facilidad del que forjó estos cronicones fabulosos poco tiempo después de haberse descubierto el cuerpo de santa Anglina, se demuestra por las razones que tienen algunos sabios y piadosos católicos para poner en duda no la existencia de santa Úrsula, sino la historia de su martirio en toda su extensión, esto es, la agregación de las once mil compañeras, las idas y venidas de toda esta multitud de doncellas de Londres a Colonia, a Roma, a Basilea, y otra vez a Roma y a Colonia, como se refiere en sus actas. Nadie tiene esto por imposible, sino por inverosímil, mayormente cuando unos hechos tan señalados no se prueban con documentos antiguos y auténticos. El primero que desconfía de la autenticidad de estas actas es el cardenal Baronio: “accidit, dice (in not. martyrol. rom. ad 21 Octobr.), ut deperditam veram germanamque earum virginum historiam, quisquis (ut libuit) sive quae suo ingenio commentatus fuerit, sive quae ab aliis levi quodam vulgi rumore acceperat, scripturae monumentis commendarit, non sine magno veritatis detrimento, cum gravissimam historiam commentitiam penè reddiderint.” En los anales (ad ann. 383. n. 4) añade que a excepción de lo que sobre esto dejó escrito Geofredo, obispo de S. Asaph, en el reino de Inglaterra, todo lo añadido por los demás está lleno de ficciones y fábulas: reliqua quae edita habentur acta, plurimis constant cuique prudenti refecta esse figmentis. Este juicio de Baronio se funda en la misma variedad y aun oposición de los escritores de este martirio, de la cual resulta una multitud de contradicciones, que desdice de la simplicidad de las actas legítimas de otros mártires. Sigiberto en su cronicón (ad ann. 453) dice que santa Úrsula y las once mil vírgenes padecieron el año 453. Pedro de Natalibus (in catal. lib. IX. c. 87.) anticipa su martirio al año 450. Baronio (loc. laud.) la fija en el año 383. Sigeberto (cron. ad ann. 453. c. 21 Octobr.) supone que santa Úrsula era hija única de Nothus, noble príncipe de la Gran Bretaña, al cual el antiguo autor de las actas de estas santas (tract. de reb. britann. in bibliot. 

vatic. n. 944.) llama Deonotus: y el obispo Geofredo Dionocus, rey de Cornwallis (Cornwall). Pedro de Natalibus asegura que era hija única de Maurus, rey de Escocia: Geofredo, que fue dada por esposa a Commano: Pedro de Natalibus a Ethereo, hijo del rey de Inglaterra. Surio, refiriéndose al antiguo escritor de sus actas, conviene en muchas cosas con Sigeberto, en otras se diferencia de Geofredo y Pedro de Natalibus, y en otras añade especies que no trae ninguno de estos tres escritores. Baronio da más crédito a Geofredo que a los otros. Mas como supone en sus anales que en la historia que escribió Geofredo de la Gran Bretaña mezcló varias fábulas: multa de aliis auctor habet fabulosa, quae veris non nihil fidei detrahunt: y que por lo mismo debe leerse con suma discreción: magno delectu liber illi legendus est: parece regular que ponga en este número las actas de que tratamos. Sin embargo, es casi general la opinión de que hubo una santa Úrsula virgen y mártir, y aun se cree que España conserva su cabeza en el monasterio de Valvanera, como consta del catálogo de las reliquias de aquella casa, publicado por Bravo en su historia; de lo cual hablan también Tamayo (a 8 de Septiembre p. 115), y Nicolás Antonio (censura de hist. fabul. lib. VI. c. 4 §. 3, p. 322). Mas que esta santa hubiese tenido once mil compañeras en la corona, quisieran Baronio y otros piadosos críticos que se dijese con más sólido fundamento. Es digno de atención que la santa Iglesia nunca haya fijado este número de las compañeras de santa Úrsula. El martirologio romano dice: Ursulae et sociarum ejus: lo mismo se repite en la oración del oficio. Esto es general aun en los misales y breviarios anteriores a S. Pío V. Sólo el martirologio de Wandelderto se extiende al número de mil: millia mactavit... Tratando algunos doctos católicos de apurar el origen de esta persuasión popular, se han dividido en varias conjeturas. Algunos hallan que pudo haber dimanado de la equivocada inteligencia de algunos martirologios antiguos, donde se lee S. Ursul. et XI. M. V. Santa Úrsula y once mártires y vírgenes. Pues siendo fácil haber dado a la M valor de mil, pudo leerse santa Úrsula y once mil vírgenes. 

Otros juzgan que no fueron las compañeras de santa Úrsula sino una sola llamada Undecimila, de cuyo nombre creen haberse formado los dos vocablos: undecim millia; de suerte, que hallando en algunos martirologios 

MSS. SS. VRSVLA. ET. VNDECIMILLA V. M., esto es: sanctae Ursulae et Undecimilla virgines martyres, creyeron que undecimilla con la V y la M siguientes denotaba el número de once mil compañeras de santa Úrsula. 

De esta opinión fue el padre Sirmondo, y maestro de Valois (valesian. p. 48, seq.), adoptándola y dándola por segura, da en rostro a los doctores de la Sorbona que no hubiesen tenido presente esta manifiesta equivocación o ficción, cuando eligieron a santa Úrsula y las once mil vírgenes por patronas tutelares de su iglesia (V. Thiers des superst. t. II. p. 2. lib. 3. c. 7. § 10 seq.). España está llena de reliquias de las once mil vírgenes. En las iglesias de Jaén y de Baeza, y en la parroquia de santa Cruz de Baeza, dice Vilches, que se veneran diez cabezas de estas santas vírgenes. Supone este escritor que santa Úrsula y muchas otras de sus compañeras son oriundas de Baeza (Vilches ss. y santuarios del obispado de Jaén y Baeza p. I. c. 28. p. 66). 

Don Martín de Ximena (anales eclesiásticos de Jaén pág. 161), haciendo un catálogo de las reliquias que se veneran en aquella catedral, dice al fin: “sin estas hay otras muchas reliquias, de las cuales son la más principal la cabeza de una de las once mil vírgenes, de la cual santa se reza en la misma iglesia con oficio doble a 21 de Octubre con conmemoración de S. Hilarión abad y de santa Úrsula y sus compañeras.” Y en la p. 163 dice que en el convento de S. Francisco de aquella ciudad, fundado en el siglo XIV, se venera otra cabeza de una de las once mil vírgenes. 

En S. Lorenzo el real entre las reliquias dadas a Guzmán de Silva, embajador de España en Venecia el año 1574 por el reverendo Jacobo Marino, rector de la iglesia parroquial de santa Eufemia en la Judeca de Venecia, se halla parte de hueso de una de las once mil vírgenes de una pulgada. También dio al dicho Guzmán de Silva el reverendo fr. Daniel Venetus, prior del monasterio de santa María de los siervos de Venecia: una parte de la cabeza de una de las once mil vírgenes es un casco de tres dedos de largo y dos de ancho. El reverendo Cipriano Tramesino, de la iglesia parroquial de S. Agustín: parte de hueso de santa Úrsula y sus compañeras, son cuatro huesos todos juntos como una nuez. El M. Adrián de Padua, del convento de S. Juan y S. Pablo de la orden de santo Domingo: tres huesos de las compañeras de santa Úrsula de varios tamaños. Y últimamente se trajo a este monasterio con el cuerpo de la reina doña María, primera mujer de Felipe II, una cabeza de una de la compañía de las once mil vírgenes (catálogo MS. de las reliquias de S. Lorenzo el Real). 

(7) Aquellas tres faces que dicen haber dejado el Salvador estampadas en el lienzo de la Verónica. Hacia la mitad del siglo XV comenzó a extenderse la opinión de que una mujer de Jerusalén, llamada Verónica, presentó un lienzo o pañuelo a nuestro Señor Jesucristo, en el cual, enjugándose el sudor, dejó estampado su sagrado rostro. Añadieron que esta mujer tenía su casa en aquella ciudad, distante quinientos y treinta pasos de la de Pilato (Poncio Pilatos). Esto dice Bernardo Breydenbach en su viaje a la tierra santa del año 1483, e impreso dos años después en Maguncia (Mainz). Sus palabras son estas: procedentes per viam illam longam, per quam et Christus de domo Pilati usque ad crucifixionis locum ductus est, ad subscripta ex ordine devenimus loca. Item, ad domum sanctae Veronicae quoe ad passus quingentos et quinquaginta distat à domo Pilati, ubi Christus ejus peplo imaginem faciei suae impressit, quae hodie Romae habetur.

Sobre la palabra del obispo Metodio, citado por Mariano Escoto (in cron. ad an. 39), dice Baronio (ad an. 34. n. 138), que esta mujer se llamaba Berenice, o Verónica, Berenice quae et Veronica dicta habetur. Si el Metodio citado por Escoto fuera el santo obispo de Tiro y mártir, que floreció en el tercer siglo de la Iglesia, y no Metodio el patriarca de Constantinopla, que floreció en el IX, sería gravísimo este testimonio a favor de la existencia de esta santa mujer; supuesto que a Metodio el monje de Constantinopla, no pudo referirse Escoto, que le precedió cerca de dos siglos. 

San Antonino (I. p. cron. tit. VI. c. 25 §. 2) Añade que esta mujer era amiga íntima de la santísima Virgen: que casó con S. Amador, que fueron ambos primero a Roma, y de allí a las Galias con S. Marcial, y que muerto su marido siguió Verónica a S. Marcial en el territorio de Bordeaux, (Burdeos) donde permaneció. Martialis venit cum beato Petro apostolo Romam, et per eum missus fuit in Galliam habens in comitatu Amatorem et conjugem ejus Veronicam, quae familiaris et praecordialis amica fuit Virginis Mariae. Sanctus verò Amator in rupe, quae modo Amatoris dicitur, solitariam vitam egit, ibique obiit. Veronica autem sanctum Martialem praedicantem secuta est in territorio Burdegalensi, ibique consenuit. 

Felipe de Bergamo (in supplem. chron. lib. 8. ad ann. 32.) dice: Veronica mulier hierosolymitana Christi discipula matrona siquidem sanctitate ac pudicitia insignita his temporibus à Tiberio Caesare per Volusianum necessarium suum virum strenuum à Hierosolyma cum sudario Christi Romam accersitur. Detinebatur quippe idem Caesar magno infirmitatis morbo, qui cum primum mulierem sanctam suscepisset, et Christi imaginem contigisset, ab omni infirmitate curatus est. Ob quod miraculum ipsa Veronica ab ipso Caesare magno in pretio deinceps habita est. Ibidem enim usque ad mortem cum Petro et Paulo apostolis atque Clemente pontifice ecclesiam Dei constituens, perseveravit. Haec ipsa est quam Dominus à sanguinis fluxu fatigatam, ut sacra evangelii habet historia, vestimenti ejus fimbriam tangendo, sanaverat, atque etiam passionis ejus tempore, eadem imagine, vultus sui in signum amoris donata fuit. Ipsa autem imago panniculo sic impressa Clementi pontifici et successoribus ejus ab eadem ex testamento declarata, nunc usque ibidem in beati Petri templo à Christi fidelibus magna cum religione revisitur. 

El año 1685 se imprimió en París una vida de santa Verónica, en la cual se da por seguro: 1.° que vivió mucho tiempo con Jesucristo y su santísima Madre: lo 2.° que se llamaba Berenice o Verenice, mas que el uso ha introducido la voz Verónica, y en algunos lugares la de Vénica o Venisa: 

3.° que casó con S. Amador doméstico de la santísima Virgen y de S. Joseph: 4.° que nuestro Señor la curó del flujo de sangre: 5.° que cuando iba al calvario con la cruz acuestas salió de su casa, que estaba al paso, y viéndole bañado en sudor y cubierto de sangre; se quitó el velo blanco de la cabeza, y se lo presentó para limpiarle el rostro, y que en él dejó esculpida el Señor una perfecta imagen de su rostro, y se lo devolvió para dejarle esta muestra de su amor: 6.° que recibió el Espíritu Santo con los apóstoles el día de Pentecostés: 7.° que después se fue a Marsella con S. Amador, S. Lázaro y santa Marta, de donde pasó a Roma hacia el fin del imperio de Tiberio: 

8.° que dejó en testamento el santo sudario del rostro del Salvador a S. Clemente: 9.° que por último murió en Roma en Febrero del primer año del pontificado de S. Clemente.

Todo esto que se dice sin documentos antiguos ha dado ocasión a que se arraigue la opinión de que hubo tal mujer llamada Verónica, cuya fiesta se ha celebrado mucho tiempo en algunas iglesias el martes de carnaval, a lo que aparece, con el santo fin de oponer a las máscaras de este día la imagen del Salvador bañada en sangre, y estampada en un lienzo por el mismo Señor cuando iba a dar la vida por nuestra salud.

Otras iglesias fijaron la fiesta de la Verónica en el día 4 de Febrero, en el cual recogió God. Henschenio casi todos los monumentos que existen sobre su historia, a excepción del MS. del vaticano. No se sabe qué escrito es el de Juan Raynoldo sobre la Verónica, citado por Casaubon, ni si es impugnación o defensa de la tradición popular (Tillem. sur J. C. not. 33). Juzga Tillemont que Verónica pudo ser el mismo nombre Berenice, común entonces entre los judíos, sobre lo cual merecen leerse las observaciones de Franc. Quaremio,(elucidar. terrae sanctae lib. IV. peregrin. 6. c. 14. §. 4. seq.) Bzovio (annal. eccles. an. 1216. n. 15 y 16), y Ducange (gloss. V. Verónica.) 

Lo que hay en esto de probable es que Verónica es palabra derivada por trasposición y por síncope de Vera iconica, o Vera icona; siendo cierto, como notan Vosio y otros buenos latinos, que en la baja latinidad icona o iconica es lo mismo que imagen: de suerte que no debe aplicarse la voz verónica a una mujer (cuya existencia no consta), sino a una imagen del Salvador esculpida en un lienzo. En prueba de esto cita Mabillon en su viaje de Italia a Pedro de Mailli, que floreció en el siglo XII, en el pontificado de Alexandro III, y romano, canónigo de S. Pedro de Roma, que escribió ha casi seiscientos años, cuyas palabras son: sudarium Christi quod vocatur Veronica &. oratorium sanctae Dei genitricis virginis Mariae quod vocatur Veronica ubi sine dubio est sudarium Christi, in quo antepasionem suam sanctissimam faciem, ut a majoribus nostris accepimus, extersit, quando sudor ejus factus est sicut guttae sanguinis decurrentis in terram. (Mabill. itiner. ital. t. I. p. 88). 

Por estas palabras se echa de ver que en aquellos tiempos se creía haber sido estampada esta imagen del Señor en el huerto, y no en la calle de la Amargura, como después se ha dicho.

Esto mismo confirma Pedro Diácono, bibliotecario de Monte Casino, en el siglo XII, el cual en su itinerario de la Tierra santa dice: sudarium cum quo Christus faciem suam extersit, quod ab aliis Veronica dicitur, tempore Tiberii Caesaris Romam delatum est (ap. Mabill. itiner. italic.) 

La ocasión de esta traslación de la imagen de Cristo a Roma en tiempo de Tiberio la cuenta Metodio, citado por Escoto, diciendo que este emperador gravemente enfermo de lepra, oídas las maravillas que obraba el Salvador, le envió legados rogándole viniese a curarle. Mas como a su llegada a Palestina hubiese ya muerto y resucitado, entendiendo que una mujer conservaba su retrato, llevándola consigo a Roma, la presentaron al emperador, el cual con la presencia de la santa imagen recobró la salud (Scot. ad an. 39.)

Molano dice que Tomás Stapleton le contó haber leído en la biblioteca vaticana una antiquísima historia de esta traslación de la imagen de Cristo a Roma en tiempo de Tiberio César: del cual códice habla también Baronio en sus anales, y es el MS. que dijimos no haber visto Henschenio. Tal vez le vieron Sigeberto, que floreció en el tiempo de Escoto, y Constantino Porfirogénito, anterior a entrambos más de un siglo, los cuales cuentan esta historia casi en los mismos términos (V. Honor. à sancta Maria animadv. in reg. et us, crit. lib. IV. diss. 8. art. I). Como quiera es antiquísimo en Roma. 

Agustino Patriarca en la descripción de la llegada de Federico III a Roma en tiempo de Paulo II dice: re divinam peractam pontifex cum imperatore et omni pompam ad Salvatoris nostri faciem adorandam in sudario expressam, quam Veronicam appellant processit. El mismo nombre se daba a la imagen del Señor en Roma en los tiempos de Inocencio III, Inocencio IV y Nicolao IV. Entre las misas votivas del misal de Maguncia de 1493 hay una con este título: de sancta Veronica, seu vultu Domini, En el de París: de sancta Veronica Christi Domini, sive facie Jesu patientis.

En el misal antiquísimo de la iglesia de Jaén se lee otra misa semejante con una secuencia muy devota alusiva al santo rostro del Salvador, que copiaremos en su lugar. En el procesional de la misma iglesia de París, entre varias conmemoraciones de la corona del Salvador, del sepulcro &c. hay una con este título: de sancto vultu Lucensi, item et de S. Domini Veronicam, cuya antífona y versículo alude al rostro del Salvador, y más claramente la oración: concede quaesumus, omnipotens et misericors Deus, ut qui filii tui Domini nostri Jesu Christi faciem propter peccata nostra in passione deformatum &c. En el gradual de la misma iglesia de París entre las misas votivas: missa de sancta Veronica Domini, seu de vultu Christi patientis quae celebratur feria tertia quinquagesimae.

En la iglesia de S. Eustaquio de París, donde se celebraba la fiesta de la santa Verónica a 9 de Septiembre, todo el oficio era de nuestro Señor Jesucristo, padeciendo en su sagrado rostro, y nada de la santa mujer que se supone. Don Martín de Ximena en los anales eclesiásticos de Jaén p. 160 dice lo siguiente: "Hay en esta santa iglesia muchas reliquias de santos. La principal de todas y que de tiempo inmemorial se guarda en ella... es la santa Verónica, que es uno de los retratos que nuestro Señor y redentor Jesucristo en el día de su sacratísima pasión, yendo con la cruz acuestas por la calle de la Amargura... dejó impresos de su sacratísimo rostro en un lienzo que le ofreció la piadosa y santa mujer Verónica.”

Donde se ve como a pesar de la verdadera significación que se daba vulgarmente en aquella tierra a la palabra verónica, denotando con ella el sagrado retrato del Salvador, todavía se había introducido en ella la opinión de que este retrato se estampó en un lienzo ofrecido al Señor por la mujer llamada Verónica. Esto se confirma por una oración del antiguo misal de Jaén, dirigida a Dios por intercesión de esta santa, que dice así:

Deus qui nobis signatis vultus tui memoriale tuum ad instantiam beatae Veronicae imaginem tuam sudario impressam relinquere voluisti: praesta quaesumus per sanctam crucem et gloriosam passionem tuam, ut qui te heic 

in speculo et aenigmate veneramur in terris, desiderabilem ac veram faciem laeti ac securi videre mereamur in caelis. Qui vivis &c.

Esta opinión se extendió a varias iglesias aun de fuera de España: en el misal ambrosiano de 1560 se lee también misa de santa Verónica, donde hay las siguientes oraciones:

Praesta nobis, quaesumus misericors Deus, ut qui beatae Veronicae festivitatem devotis obsequiis celebramus, ejus intercessionibus per tuam clementiam adjuvemur, et de praesentis saeculi fluctibus liberemur. Per &c. 

Da quaesumus, sancte Pater, ut beatae Veronicae, quae in conspectu majestatis tuae existit gloriosa, suis orationibus nos per fidem integram, et sanctae vitae munditiem gratos tibi reddat et devotos. Per &c.

En otros misales, como en el de los cartujos de 1669, se lee en la fiesta de santa Verónica la misa Cognovi: la oración: Exaudi nos, Deus salutaris noster, ut sicut de beatae Veronicae festivitate gaudemus &.c. La epístola: Mulierem fortem. El evangelio, del milagro obrado por el Señor con la mujer que padecía flujo de sangre; por donde se colige haberse creído lo que tenía asegurado Felipe de Bérgamo, que esta fue la mujer llamada Verónica que le dio el lienzo cuando iba a ser crucificado (V. Thiers superst. p. II. lib. 4 c. 6. pág. 437. seq.) 

(8) El hallarse esta historia tan desnuda de fundamentos en sus principales puntos. No hay documentos que den por averiguado este milagroso suceso de la Verónica, y así algunos dudan de esta historia y aun de la existencia de esta santa mujer. 

“De veritate tamen ejusdem historiae non quidem quod attinet ad sudarium, sed quod spectat ad piam illam feminam Veronicam nonnulli dubitare coeperunt tum quia tota retro antiquitate Veronicae nomen ignotum est, et primi qui historiam vulgarunt saeculo duodecimo non Veronicam, sed Venicem aut Veronicem aut Berenicem appellant, tum quia licet Veronicae tamquam piae et sanctae feminae nomen reperiatur in martyrologio galesinii non reperitur tamen in martyrologio romano correcto et ampliato per cardinalem Baronium. Bollandani idcirco ab ea, quam comprobare tentaverant sententia, in subsequentibus libris recedendi animum praesetulerunt, uti videri potest t. VII, mensis Maii p. 358. n. 26. Cumque ipsum sudarium Veronicae nomine fuerit appellatum a Nicolao IV...  et 

complures praeterea pontífices, Clementem videlicet VI, VII, VIII et Gregorium XIII aliosque sacrosanctum sudarium apellantes Veronicam referat Jacobus Grimaldus... ex his nonnulli in eam devenerunt sententiam, verosimile admodum esse, quod Vera Icon exigua litterarum transportatione facta sit Veronica.”

(Benedict. XIV. de serv. Dei beatif. et canoniz. l. IV. p. II. c. 30. n. 12). 

Dudan de la existencia de esta piadosa mujer Tillemont, Serry (exercit. 53. núm. 4): Thiers (superst. loc. laud.): Papebrochio (mens. Mai. t. VII. p. 356 n. 126, et in responsione ad P. Sebastianum à S. Paulo art. I. §. 4. n. 7. seq., et art. XI, §. 2. n. II), que cita también en su favor a Lucas Holstenio: Mabillon (iter. italic. p. 86. 87): Foggini (en la defensa de lo que enseñó contra las actas de S. Rómulo pág. 66). Fúndanse 1.° en la variedad de los nombres dados a esta mujer: en el silencio que guardan en orden a ella Eusebio, Sócrates, Sozomeno, Teodoreto y otros historiadores de los primeros siglos de la Iglesia: en el testimonio de los que dicen que esta imagen se esculpió estando el Salvador en el huerto, y no en el camino del calvario: en que la iglesia de S. Pedro del vaticano, que hubiera sido la primera en hacer fiesta a esta santa mujer, no hace memoria de ella en sus martirologios ni en ninguno de sus oficios. Atque hujus quidem basilicae exemplum, dice Trombelli (de cultu ss. dissert. IX. CXXXV. §. 2): opponi debet exemplis ecclesiarum illarum quae in divinis officiis, mulieris hujus Veronicae dicta meminerunt et preces illi ac sequentias recitant: en que el mismo Baronio (ad ann. 34. §. 113) pareció inclinarse a la existencia de la Verónica, no injirió su nombre en el martirologio publicado por el de la iglesia romana, no obstante que se hallaba ya en el martirologio de Galesinio. Y aunque es cierto, dice Trombelli (ib. §. 3), que Urbano VIII inclinó a la existencia de esta pía mujer en la inscripción que puso en la capilla del santo sudario; fue esta una opinión suya privada, que no ha tendo influjo en esta controversia, ni sus sucesores la han tenido por suficiente para que de la Verónica se haga oficio o memoria en la iglesia vaticana. Y así es que a pesar de este hecho impugnó Papebrochio a Henschenio teniendo por fingida la historia de la Verónica, y otros católicos la impugnan. Mas no porque estos hechos sean inverosímiles o menos probables, debe calificarse de necia la opinión popular que los da por ciertos, diciendo S. Agustín: quòd in hominum doctorum litteris invenitur, famaque vulgatum est, nec stulte dici putandum est, etiam si verum non est. Donde se ve la gran distancia que hay de los católicos que impugnan esta opinión, a Calvino y otros herejes que se burlan de ella. El culto de esta santa imagen no se termina en ella sino en Jesucristo, a quien representa. Y así es tiempo perdido el que gastó Galleo en persuadir que los católicos nos encomendamos a las mismas imágenes de Cristo, fundado en aquella deprecación a la santa Verónica: salve sancta facies nostri redemptoris, in qua inter species divini splendoris, impressa panniculo nivei candoris. Salve vultus Domini imago beata. Nos deduc ad propria ò felix figura (Gallaeus not. in Lact. de orig. error. lib. II. c. 2. op. Lact. pág. mihi 144). La miseria de esta razón puede colegirse por lo que añade: item hoc modo adorant crucem: “ave crux spes unica: auge piis justitiam, reisque dona veniam,” reproduciendo las calumnias de sus mayores, que condenan como absoluto el culto relativo de la santa cruz, que se termina a Cristo clavado en ella, y representado por ella.

El llamar novedad estas expresiones es ignorancia de la historia eclesiástica. Las palabras ò crux, ave spes unica son de un himno antiquísimo de Teodulfo o de Fortunato: las demás de esta prosa son tomadas de S. Efrén, de S. Ambrosio, de S. Atanasio y de otros PP., como lo demostró Tomás Waldense a los wiclefitas (th. waldens t. III. tit. 20. c. 159) mostrándoles elogios de la santa cruz todavía más fuertes que los que cantamos en el oficio eclesiástico. Aun los elogios indiscretos de la cruz o de algunas cosas piadosas por católicos menos cautos merecen indulgencia por la piedad de donde nacieron. Los protestantes y los impíos andan a caza de esta indiscreción o simplicidad para convertirla en odio de la misma religión. Puede aplicárseles lo de S. Agustín a los maniqueos: imperitia nonnulorum catholicorum venatio haereticorum et impiorum (S. Aug. lib. XIV. contra Faust.) Conforme a lo cual decía el sabio Gretsero: multa pio et recto animo olim dicta et scripta sunt, cum morum major esset candor et simplicitas, quae hoc saeculo criticis et sannionibus abundante, nemo vel diceret vel litteris mandaret (Gretsero de S. cruce lib. I. cap. 61. pág. 189). 

(9) Sea más bien una de las muchas copias... de la que existe en S. Pedro de Roma. En suposición de haber alguna imagen de Cristo milagrosamente formada al tiempo de su pasión, lo es la venerada en Roma en la Iglesia de S. Pedro: sive Veronica, dice Benedicto XIV, fuerit pia femina quae sudarium facie Domini admovit, sive Veronica unum atque idem sit cum ipso sudario; certum est sudarium ipsum insignissimam esse reliquiam, et multis ab hinc saeculis cultum in ecclesiam vaticanam obtinuisse (de serv. Dei beat. et canon. lib. IV. p. 2. cap. 30. n. 12.) Por los monumentos que publicó Jacobo Grimaldi en 1612 consta que a principios del siglo VIII el papa Juan VII colocó esta Verónica en una magnífica capilla, edificada para este fin en la antigua iglesia de S. Pedro; de lo cual habla también Pedro Mailli, que floreció en el siglo XII, y escribió la historia de la iglesia de S. Pedro: debe corregirse la equivocación de Honorato a S. María, que creyó haber hablado de esta imagen Anastasio el bibliotecario (in Stephan. III); pues alude allí a la otra que está junto a S. Juan de Letrán, como advierte Benedicto XIV (de serv. Dei beat. et canoniz. lib. IV. p. 2. c. 30). Por un martirologio MS. del Vaticano (VIII. cal. Decembr.) consta también la dedicación de esta capilla a fines del siglo VIII: consecratio altaris sancti sudarii, la cual dice el mismo Anastasio haber enriquecido con ricos dones León III a principios del siglo IX. Entonces se llamaba ya imago Salvatoris.

Esta imagen fue llevada en procesión por el papa Esteban III a pie descalzo en las rogativas públicas, que hacia la mitad del siglo VIII hizo el clero y pueblo romano, amenazado de las atrocidades de Aiustulfo, rey de los longobardos. De Celestino II, que fue papa a mediados del siglo XII, dice Benedicto, canónigo de S. Pedro, que un día al año después de decir misa en aquella iglesia iba a ofrecer incienso a esta capilla: postea vadit ad sudarium Christi quod vocatur Veronica. Inocencio III hace memoria de la procesión de rogativa que se hacía todos los años el domingo primero después de la Epifanía, en que se llevaba esta imagen del Salvador desde la iglesia de S. Pedro hasta el hospital de sancti Spiritus (Innoc. III serm. in dom. I post Epiph.), la cual rogativa llama antiquísima Honorio III en varias cartas, escritas al dicho hospital el año 1222. Además de este día, ya en el siglo XIV, en el pontificado de Urbano V, se exponía esta imagen a la veneración pública los cuatro últimos días de la semana santa, y en la fiesta de la ascensión. La cual práctica duró hasta Paulo V, el cual habiendo dispuesto su traslación a la nueva basílica vaticana, mandó que no se mostrase al público sino el viernes santo.

Por último, Urbano VIII colocó con suma decencia el sagrado rostro en un nuevo altar que construyó, y en él una imagen de la Verónica con esta inscripción: 

Salvatoris imaginem Veronicae sudario exceptam 

Ut loci majestas decenter 

Custodiret Urbanus VIII. Pont. Max. &c. 

Estos y otros muchos monumentos recogió Grimaldi, por donde consta cuan antigua es la veneración que tienen en Roma a esta santa imagen. Tal vez a esto se refiere el misal ambrosiano, por el cual prueba Bzovio que era venerada esta imagen antes del siglo VII. A esta imagen refiere también Honorato a S. María el oficio de la Verónica, que se halla el día 27 de Noviembre en varias iglesias de España, especialmente en un breviario antiguo del convento de santa María de Gracia de Alicante.

Esta imagen es distinta de la antiquísima venerada en la iglesia de Edesa hasta el siglo X, en que fue trasladada a Constantinopla. De la de Roma sacaron varias copias, llamadas también Verónicas. Tal es la que Jacobo Pantaleón Trecense, que después fue papa con el nombre de Urbano IV, estando en Roma el año 1249, envió al monasterio de religiosas cistercienses de Montrevil con una elegante carta y una inscripción, que ha dado motivo a varias conjeturas de Mabillon, Harduino y otros críticos. Acaso es copia de ella también la que se venera en la santa iglesia de Jaén, que allí se cree llevada por S. Eufrasio, uno de los siete obispos consagrados por los apóstoles. Esta copia es muy parecida a la de Montrevil, del cual dio un dibujo Honorato a S. María. Sucede con esta imagen lo que de otras de esta clase dice Gretsero, que son veneradas como originales. Para hacer más verosímil esta opinión, así Claudio Clemente en su tabla cronológica, como el doctor Juan Acuña de Adarve (de las efigies de nuestro Redentor non manufactas disc. 37. 6. 3), el obispo don Sancho, Dávila y Ximena en los anales de Jaén, fundados con el testimonio de Julián Pérez, aseguran que eran tres los sudarios en que se esculpió el sagrado rostro del Salvador: que uno de ellos se quedó en Jerusalén, y de los dos que llevó a Roma la Verónica trajo uno S. Eufrasio a España, con el cual se quedaron los tiranos que martirizaron a este santo obispo, hasta el último rey moro de Jaén, que con la ciudad y estado perdió aquel tesoro. Durante la dominación de los moros, dice Francisco Ruiz Puerta, que fue guardada esta imagen por los cristianos mozárabes que allí vivían, y que ganada la ciudad, la sacó de allí el santo rey don Fernando para traerla en sus conquistas; lo que escribe también Lucio Marineo Sículo en el libro 5. Muerto el santo rey, a poco tiempo de ganada Sevilla, el obispo de Jaén don Nicolás de Biedma, que había sido arcediano de Écija en la iglesia de Sevilla, favorecido del papa Clemente el competidor de Urbano VI en tiempo del cisma, pudo restituir esta imagen a su antigua morada. 

(10) Y no es exponer las verdades de nuestra sagrada religión a las burlas y sátiras de sus enemigos.

1. Calvino impugna este hecho de la Verónica fundado en el silencio de los evangelistas: quinam fieri potuit ut si in linteum occurrentis Veronicae Christus faciem suam tanto miraculo impressit, evangelistae rei tam 

mirificae, et cum primis digna quae fidedignis testibus posteritati commendaretur, nullam mentionem fecerunt?

2. Agrava el argumento diciendo, que habiendo referido cosas menores y de menor importancia, no era regular que hubiesen omitido tan esclarecido suceso: cum evangelistae multa minoris momenti... diligenter litteris consignarint; utique factum tam illustre et memorabile non praeteriissent. 

3. Añade todavía que el silencio de este hecho, siendo cierto, sería reprehensible: alioqui merito ipse Spiritus Sanctus oblivionis et oscitantiae accusari posset.

4. Tanto más cuanto callando este encuentro de la Verónica con el Salvador, cuenta el evangelio la compañía que le hicieron otras mujeres por el mismo camino hasta la cruz: evangelistae nominant mulieres quae Christum ad crucem comitatae sunt: de Veronica altum est ubique silentium.

5. Por último, que no se lee haber hecho Cristo igual merced a las otras mujeres, que con tan viva fe le acompañaron hasta el calvario: aliis mulieribus quae tanta fide et charitate flentes, Christum ad supplicium crucis euntem prosecutae sunt, nullum ejusmodi miraculum contigisse legitur. A ratione ergo alienissimum est id quod de Veronica vetus traditio et persuasio habet. 

Los herejes por lo común, como no templan la crítica con la religión, fácilmente dan en el extremo de la impiedad, aun cuando impugnan opiniones infundadas o poco sólidas. Esto le sucede a Calvino, el cual afectando amor a la verdad, se desentendió de la piedad, y tuvo por razonable esta impugnación ajena de toda razón y aun de todo buen sentido.

Porque en cuanto a lo primero nada tiene de extraño, que aun cuando fuese cierto este hecho de la Verónica, le hubiesen pasado en silencio los evangelistas, constando por uno de ellos, que es S. Juan, haber obrado el Salvador otras mayores maravillas que no quedaron escritas, y bastan para llenar de libros el mundo. En cuanto a lo segundo no sabemos nosotros en la economía y orden y fines de Dios cuales cosas son menores, y cuales mayores. No es mayor para Dios lo más maravilloso, sino lo más útil a sus designios. En lo tercero dijo una blasfemia. Porque constando que calló el Espíritu Santo varios hechos de Cristo, cuya noticia nunca pudo ser ni llamarse inútil, sería cierto que fue reprehensible callándolas.

En lo cuarto toma cuentas al autor de la Escritura, porque escribió unos hechos, y no otros.

En lo quinto pone tasa a los dones de Dios, haciéndose escudriñador de los corazones, y midiendo el mayor mérito y valor de los afectos del ánimo por las señales exteriores.

Otra vereda toman los buenos católicos que impugnan por las reglas de la piedad este hecho de la Verónica. No dicen que sea falso porque le callan los evangelistas, ni menos los juzgan reprehensibles por haberle callado siendo cierto; sino porque al silencio de los evangelistas se agrega el de toda la antigüedad eclesiástica, saben que lo que no consta de la Escritura y de la tradición, está sujeto a las controversias de los críticos, de suerte que aquella opinión será más digna de seguirse que tenga a su favor más grados de probabilidad histórica.